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Integridad y honradez

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Simitrio Quezada

   |  19 noviembre, 2020

Simitrio Quezada.

Hace tiempo acudí a la premiación de un concurso en una ciudad relativamente cercana a Zacatecas. Tras recorrer carretera en mi destartalado automóvil gris, llegué al lugar de la reunión. Antes de iniciar el evento me abordó un joven: como yo, ganador de la justa. “¿Eres Simitrio Quezada? ¡Tenemos un amigo en común: Fulano Tal, quien te manda saludos!”.

La referencia a ese amigo aumentó mi empatía con el joven. Mientras más gente arribaba a la ceremonia, intercambiamos impresiones sobre el compa en común y nuestros trabajos triunfadores del concurso. Nos sentamos lado a lado. Después de recibir mi reconocimiento, también él subió al escenario y le dieron cheque de 30 mil pesos por la calidad de su texto.

El evento terminó temprano, dije adiós, regresaba a mi hogar. Entre gentío, vino y canapés me alcanzó el joven para pedirme “aventón” a la central camionera de esa ciudad, previa escala en la oficina del respetado organizador del concurso, donde ese ganador había dejado su equipaje.

Salió de mi automóvil, entró a esa oficina, regresó cargando maleta y queja: “No esperaba que este maestro me la hiciera: ahora no ajusto mi boleto. ¿Puedes prestarme efectivo?”. Contesté que sí y me puso al tanto: desde su lejana ciudad él había llegado a mediodía a esa central y “la gente” de tal maestro organizador lo llevó a ese despacho. Mi amigo expuso al funcionario anfitrión que necesitaba un regaderazo y guardar su equipaje. El otro respondió sonriente que sin problemas podía usar la regadera de esa oficina suya, así como un rincón para la maleta.

Pero ahora que el galardonado había regresado al despacho, conmigo afuera esperándolo en mi coche, el intendente lo detuvo: “Dice el Maestro X que, como usted ya cobró premio, si quiere llevarse su maleta debe dejarle 500 pesos por el baño y el servicio de guardarropa”.

Mi amigo no había previsto ese cobro y ―aunque él llevara en el bolsillo de la camisa un cheque por 30 mil― quedaba “mocho” para comprar su viaje de regreso. Frente a la taquilla en la central resolvimos el préstamo e impresión de boleto. Lo acompañé a la puerta del autobús, juró que en la primera oportunidad me pagaría. Subió los escalones algo más aliviado.

En redes sociales y otros medios de comunicación, el “maestro organizador” continúa en estos días exaltando la política cultural a su cargo. Las palabras “honestidad” y “transparencia” tapizan sus discursos. Busca él refrendar su puesto como burócrata cultural: por eso a cada rato recalca que actúa siempre con integridad y honradez.

 

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