

Juan Carlos Ramos León.
Una vez que se sale de control, el fuego se convierte en un problema, ya que comienza a consumirlo todo, arrasando sin piedad ni distinción objetos, vehículos, propiedades enteras y, por supuesto, vidas humanas.
La falta de lluvia y los intensos calores -aunados a las malas intenciones de uno que otro desquiciado pirómano- son las principales causas de que se haya vuelto común el que los zacatecanos observemos que hay una fumarola por aquí y otra por allá, unas de mayor intensidad que las otras, y de cuando en cuando ver correr de un lado para otro a los rebasados elementos de protección civil y bomberos para atender aquellos siniestros que representan los mayores riesgos, ya que queda claro que les resulta imposible acudir a todos los llamados.
Una vez que se sale de control, el fuego se convierte en un problema, ya que comienza a consumirlo todo, arrasando sin piedad ni distinción objetos, vehículos, propiedades enteras y, por supuesto, vidas humanas, dejando destrucción y desgracia a su paso. Durante un incendio, hay factores que hacen que el fuego se nutra y se vuelva más intenso y difícil de sofocar: los ventarrones repentinos lo esparcen hacia todas partes en las que casi siempre encuentra elementos de fácil combustión que vuelven el desastre casi imparable. Y en muchos casos es así de lamentable: termina con todo hasta volverlo cenizas, donde ya no queda nada, solo la tristeza y desesperación de quien lo perdió todo.
Hace un par de semanas, uno de esos incendios acabó con unas bodegas en las que se almacenaban alimentos que determinados programas gubernamentales acopiaban para atender a sectores vulnerables. Los expertos han cuantificado en términos monetarios aquellas pérdidas pero, más allá de eso, lo que resulta incomprensible es las causas que lo provocaron: Hay quienes afirman que fueron los propios funcionarios que lo operaban, para ocultar supuestos actos de corrupción; otros aseguran que fue consecuencia de las protestas de campesinos afectados, precisamente, por estos supuestos actos de corrupción pero, el caso es que el que la causa haya sido fortuita parece ser la opción menos probable.
Este suceso pintaba para ser la gota que derramó el vaso en dichas protestas. Pero no ha sido así. Ese vaso sigue derramando muchas “gotas”. Este fin de semana que acaba de pasar, el conflicto entre estos campesinos y el gobierno subió demasiado de tono, y parece que seguirá haciéndolo. ¿Hasta dónde? No lo sé. Como siempre pasa con los políticos de uno y otro partido, todos son buenos para tomarse la foto con el pobre con tal de ganar votos. Pero cuando el pobre grita de hambre resulta que todos se esconden en las enaguas del sistema y se culpan unos a otros mientras el problema sigue ahí, no esperando, sino volviéndose más grave.
Ojalá que las autoridades entendieran que, más que buscar culpables, se buscan soluciones. Y si la solución es fincarle culpabilidad a alguien pues entonces adelante, pero el caso es que las soluciones urgen y nadie parece capacitado ni dispuesto a encontrarla. Y mientras tanto, nuestro querido Zacatecas sigue en llamas.