

Juan Carlos Ramos León.
En esta ocasión corresponderá a nuestro representativo nacional mover el primer balón de esta justa en un encuentro contra la Selección de Sudáfrica.
Se aproxima ya la fiesta deportiva más esperada por la mayoría de los seres humanos: El mundial de fútbol. Junto con los juegos olímpicos se trata de los dos acontecimientos deportivos de mayor relevancia debido, principalmente, a la participación de diversos países en competencias en las que las reglas ofrecen un piso parejo para que se asegure de que quienes destaquen y triunfen sean aquellos con las mayores habilidades y la mejor preparación física y mental.
Y los que no competimos somos, quizás, los que más nos entusiasmamos preparándonos para el primer silbatazo. En esta ocasión corresponderá a nuestro representativo nacional mover el primer balón de esta justa en un encuentro contra la Selección de Sudáfrica. Así que compramos una camiseta similar a la que los jugadores usarán, y comenzamos a organizarnos con familia y amigos para ver los partidos con la esperanza de que los goles lleguen para llevar a nuestro equipo a la victoria.
Se ha vuelto costumbre, en la proximidad del mundial de fútbol, el comprar un álbum al que se adhieren las estampas de los jugadores de todas las delegaciones participantes, y esto desata una fiebre sensacional en la que chicos y grandes, hombres y mujeres, aficionados o no al fútbol, compran su álbum y buscan por todos lados las estampas para completarlo. Y entran en la dinámica del intercambio de las mismas en la que se da un fenómeno simple pero interesante: “yo tengo algo que tú necesitas y tú algo que yo necesito, los dos perseguimos el mismo fin y podemos ayudarnos, si queremos”. Y lo hacemos. ¿Se da cuenta usted de todo lo que hay detrás de esto?
Fíjese bien en lo que podemos reflexionar al respecto: Primero, no lo podemos todo, no lo tenemos todo. Necesitamos de los demás. Pero los demás también tienen carencias, y nos necesitan a nosotros. Para hacer negocio, para divertirnos, para vivir y ser felices y hasta para practicar un deporte y competir contra otros. Nos necesitamos, y, lo primero, es aceptarlo. Por eso nos burlamos de aquellos que llegan con aires de que “se las saben todas”. Segundo, perseguimos el mismo fin: ¡Cuántos problemas nos evitaríamos si cayéramos en la conciencia de lo que esto significa! Los mexicanos somos especialistas en ponernos el pie con la actitud de “si a mi me cuesta llegar, pues que no llegues tú tampoco”. Luego viene lo siguiente: “podemos ayudarnos, si queremos”. Y, fíjese bien, esta “ayuda” a la que me refiero no es una ayuda altruista que, si la hay, qué bueno; se necesita y se valora a quien la concede, por supuesto, pero aquí me refiero más bien al provecho que obtengo de otros cuando caigo en la cuenta de que perseguimos la misma meta y de que equilibrando nuestras fortalezas y debilidades con las de otros es más fácil que los dos lo logremos juntos ¡en provecho de cada quien! El detalle está en el “si queremos”.