

Jairo Mendoza.
Tradicionalmente se ha pensado en la vejez como la etapa dorada del descanso, el momento de cosechar los frutos de una vida de trabajo. Sin embargo, para gran parte de la población de la tercera edad en México, la jubilación es un concepto teórico y no una realidad.
Recientemente leí un artículo publicado por El País, que retrata cómo miles de adultos mayores en Argentina deben postergar su retiro debido a que sus jubilaciones resultan insuficientes ante la inflación, el cual, me hizo reflexionar que esta situación no es ajena a la realidad mexicana. Al contrario, pone sobre la mesa del debate un fenómeno global que en México cobra importancia, invitándonos a cuestionar, sin apasionamientos, ni alarmismos, sobre las verdaderas condiciones del retiro en nuestro país.
Tradicionalmente se ha pensado en la vejez como la etapa dorada del descanso, el momento de cosechar los frutos de una vida de trabajo. Sin embargo, para gran parte de la población de la tercera edad en México, la jubilación es un concepto teórico y no una realidad. En las calles de nuestros pueblos y ciudades; en comercios, empacando compras o atendiendo negocios familiares, la presencia de “viejitos” es parte del paisaje cotidiano, muy normalizada.
Esta realidad responde a dos factores estructurales. Por un lado, México tiene un enorme sector laboral informal; millones de personas transcurren su vida productiva sin cotizar en sistemas de seguridad social como el IMSS o el ISSSTE, lo que les impide acceder a una pensión al cumplir la edad legal de retiro. Por otro lado, quienes sí logran una pensión se encuentran con montos que difícilmente cubren el costo de la canasta básica y los gastos médicos, obligándolos a buscar ingresos adicionales.
Tampoco hay que negar que en los últimos años se han realizado esfuerzos significativos a nivel gubernamental, destacando la masificación de los programas de apoyo económico directo para adultos mayores. Estas pensiones se han convertido en un alivio para millones de hogares. No obstante, el desafío persiste: estos apoyos actúan principalmente como una red de asistencia mínima más que como un sustituto integral de un salario digno. El dilema de fondo sigue siendo cómo equilibrar el incremento de la esperanza de vida con la suficiencia económica de los sistemas de pensiones.
Asimismo, es importante señalar que la permanencia en el mercado laboral no siempre es vista como algo malo. Para muchos adultos mayores, mantenerse activos representa una alternativa para conservar su autonomía, sentirse útiles y evitar el aislamiento. El problema surge cuando el empleo deja de ser una elección para convertirse en un tema de supervivencia.
El panorama mexicano nos obliga a mirar la vejez no como un problema del futuro, sino como una realidad del presente. Diseñar soluciones requiere un análisis integral que abarque desde la formalización del empleo en las etapas jóvenes hasta la creación de oportunidades laborales adaptadas para la tercera edad. Lograr que el descanso sea un derecho alcanzable y no un privilegio postergado sigue siendo una de las tareas pendientes de nuestra sociedad.