
Antonio Sánchez González.
En mi opinión, este es realmente el comienzo de la era de Donald Trump.
Donald Trump ganó las elecciones presidenciales de hace 4 meses con más votos que en 2016 y, algo raro para un republicano, también ganó el voto popular, más allá de los votos electorales. Como si la gente en Norteamérica fuera más conservadora, más republicana y, sobre todo, más trumpista.
En mi opinión, este es realmente el comienzo de la era de Donald Trump. Obviamente, ha dominado mucho la política estadounidense durante la última década, pero, hasta hace poco, todavía era posible pensar en ello como un accidente de la historia. Lo que sucedió en 2016 podría verse como una curiosidad extraña en la escala de la historia de Estados Unidos. Pero hoy es la segunda vez que un republicano gana la mayoría del voto popular en un tercio de siglo. También es la segunda ocasión que un presidente es reelegido después de perder una elección. Y, además de la presidencia, es probable que Trump tiene plenos poderes en el Congreso y podría llegar a tenerlos en la Corte Suprema, a pesar del revés que acaba de sufrir al respecto en las últimas horas. Por lo tanto, este es un cambio importante para los Estados Unidos y para el mundo -faltaba más-.
En el momento de las elecciones norteamericanas de noviembre pasado había razones similares para explicar el resultado de esos comicios en el que fue escogido: la altísima inflación de los últimos cuatro años, la impopularidad de Joe Biden, su estado mental, la campaña organizada en el último momento y evitando todos los riesgos de Kamala Harris. Pero también, y sobre todo, hay una razón mucho más profunda, que es que los estadounidenses ya no tienen confianza en sus instituciones; un fenómeno que se repite en diversas regiones del mundo y que ha condicionado resultados electorales también, por ejemplo, en nuestro país. Así, allá, como aquí, una gran parte de los ciudadanos han perdido toda confianza en la imparcialidad de los medios de comunicación, en las instituciones cuyas siglas puede que no se comprendan bien, en la apertura de sus universidades e incluso en la capacidad de asumir sus opiniones políticas si trabajan en una gran corporación. En el caso norteamericano, Trump siempre ha prometido sacudir este establishment, que está asociado en la mente de la gente con el Partido Demócrata. Los demócratas podrán reconstruirse un poco estando en la oposición, aunque sólo sea porque ya no se les culpará de los problemas económicos. Pero, si quieren acabar con la era Trump, tendrán que entender esta crisis de confianza y cambiar por completo su relación con estas instituciones. En la superficie, argumentos y razones similares, pero con partidos tricolores y blanquiazules y personajes tropicales han sido utilizadas en nuestro país para pretender que es necesario lo que ahora se llama “un cambio de régimen”, al que se debe acceder destruyendo todas las instituciones que se puedan relacionar con el pasado, independientemente del costo y el sufrimiento que puedan derivarse de ello.
En 2016, el electorado estadounidense estaba mucho más polarizado por grupos étnicos que en 2020. Y fue gracias a su avance en el voto hispano y afroamericano que Trump obtuvo una puntuación significativa hace cuatro años. Las elecciones de 2024 fueron una sorprendente confirmación de este cambio. Uno de los ejemplos más destacados de esto ha sido Florida. Un estado clave para las elecciones de 2000 entre Bush y Al Gore, teóricamente iba a ser más ventajoso para los demócratas gracias al crecimiento de la población latina. Sin embargo, esos votantes favorecieron abrumadoramente a Trump, y en proporciones significativas, y las cifras se repitieron en otras regiones en las que la población cuyos ancestros hablan español, en particular porque son bastante conservadores en temas culturales y sociales y porque se sienten muy mal representados por un Partido Demócrata extremadamente progresista que insiste en referirse a ellos como “latin@s”. De manera análoga, en México hubo en las últimas elecciones masas de ciudadanos de las clases favorecidas y niveles culturales más altos que votaron en números significativamente mayores por Sheinbaum y Morena, contra lo que podría esperarse incluso durante las semanas previas al destape aparatoso de la candidata de la oposición.
Esto demuestra que ciertamente hay un futuro intelectual y práctico para este tipo de movimientos, que perdurarán más allá de Trump y Sheinbaum. Allá como aquí está claro que a la hora de generar base electoral y grupos gobernantes en esta época se entiende que caben todos, independientemente de su historia. Y esto demuestra que esta vez y en el futuro no habrá compromisos.
¿Y los partidos de oposición, las universidades, la prensa y el resto de las instituciones liberales que han sido cuestionadas por su filosofía y origen a cada lado de la frontera, volverán a caer en la misma trampa? Espero que aprendan del pasado reciente, que defiendan los valores filosóficos liberales –que pueden incluir la oposición a algunos de los proyectos de cada líder nacional, según sea el caso, pero que se reinventen para hacerse aceptables para la otra mitad de la población. Deben darse cuenta de que no pueden seguir teniendo el lugar que tienen en la sociedad, con la riqueza y los dones de los que disfrutan, si la mayoría de la población desconfía de ellas. Desafortunadamente, soy bastante escéptico.