
Juan Carlos Ramos León.
Está claro que en el desarrollo de la personalidad de un ser humano durante sus primeros años y hasta la adolescencia, ejerce una gran influencia todo aquello que hacemos pero, también aquello que dejamos de hacer.
La miniserie “Adolescencia”, de Netflix, es tendencia. Consiste en cuatro capítulos de menos de una hora que revelan esa parte de la realidad que atraviesan nuestros adolescentes de una manera cruda, fría y clara. No voy a entrar en mayores detalles porque vale la pena que usted haga el esfuerzo de verla, le aseguro que no se va a arrepentir.
El caso es que se trata de un nuevo llamado de atención para los que somos padres, con el fin de que volvamos a cuestionarnos qué tan presentes nos encontramos en la vida de nuestros hijos, qué tanto sabemos cómo están, cómo se sienten, qué les preocupa y qué les ocupa -además-, qué les hace falta y si existen o podrían existir señales de alerta en su comportamiento.
Está claro que en el desarrollo de la personalidad de un ser humano durante sus primeros años y hasta la adolescencia, ejerce una gran influencia todo aquello que hacemos pero, también aquello que dejamos de hacer. Y, así, no debe de sorprendernos que de pronto adopten actitudes que no sólo no entendemos sino que no sabemos de dónde provienen o cuándo comenzaron a originarse. Corremos el riesgo de enfrentarnos a verdaderos desconocidos ¡que han venido habitando en nuestras propias casas durante años!
Tras el lamentable acontecimiento en que se basa la trama, la madre del protagonista, ante la pregunta de su esposo: “¿Deberíamos de haber hecho más?”, después de un breve silencio responde: “Creo que sería bueno que aceptemos que quizá deberíamos de haber hecho más”. Y es que, querámoslo o no, ante una falla de mayor o menor impacto en la conducta de nuestros hijos, siempre quedará en nosotros, sus padres, la sensación de “¿en qué fallé? ¡Debí de haber hecho más!”
En ese mismo segmento, después de tener una breve conversación con su hija mayor, hermana del adolescente que protagoniza la trama, en la que se evidencia la estable personalidad de la joven, el padre vuelve a preguntar a la madre: “¿Cómo la criamos a ella?” y ella le responde: “Igual que a él”. Y esa, quizás, sea otra historia.
Me parece importante concluir que los padres debemos de estar presentes en las vidas de nuestros hijos. Y estar presentes significa buscar la oportunidad de conversar con ellos, conocer a sus amigos y los ambientes en los que se desenvuelven con ellos, hablar con sus maestros y/o tutores al respecto de su comportamiento, ser un poco más “intrusivos” en su privacidad -les guste o no- y estar atentos a la más mínima señal de alerta como lo pueden ser cambios repentinos en sus estados de ánimo, aislamientos prolongados, episodios inusuales de ansiedad o tristeza y hasta nuevos amigos o aficiones.
Alguna vez leí esta frase: “los hijos mueren en su cuarto”. Frente a nuestros ojos. En nuestras propias casas sus personalidades se marchitan. ¡Pongamos atención!
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