

Jairo Mendoza.
Un análisis de los últimos quince mundiales muestra que casi todos han dejado saldos negativos para los países anfitriones.
Siempre se ha pensado que organizar un Mundial de futbol es lo mejor que le pudiera pasar a cualquier país. La idea de que miles de turistas llegarán con las carteras llenas a gastar en los comercios locales suena muy atractiva. Sin embargo, los números fríos nos dicen otra cosa. Un análisis de los últimos quince mundiales muestra que casi todos han dejado saldos negativos para los países anfitriones. El dinero de los visitantes entra a la economía local, por supuesto, pero la realidad es que el costo de remodelar estadios, ampliar transportes y adecuar avenidas suele ser mucho mayor que la ganancia final.
El verdadero dilema está en cómo se reparten las cuentas. Durante este mes del Mundial, a sectores como la hotelería, los restaurantes, las aerolíneas y los comercios locales les va de maravilla, lo cual es excelente. Sin embargo, mientras el comercio privado celebra, las finanzas públicas sufren. La FIFA, por su parte, maneja el evento con reglas muy estrictas: se lleva prácticamente todo el ingreso de los boletos, la publicidad y los derechos de televisión, sin absorber los costos de la infraestructura que se queda en el país.
Los tiempos han cambiado. Hace años, ir al Mundial era un plan emocionante que una familia común podía planear y pagar para ir a disfrutar juntos al estadio. Hoy se ha vuelto inalcanzable. Con boletos a precios tan altos que incluso sorprenden a las personas adineradas, el torneo se ha convertido en un lujo exclusivo.
A esto se suman reglas muy estrictas: en estadios como el Banorte (antes Azteca), quienes tienen palcos no podrán usar sus propios espacios si no pagan las condiciones de la FIFA, y los recintos comerciales deberán tapar los nombres de sus patrocinadores. Lo que antes era una fiesta popular y accesible para el ciudadano de a pie, hoy es un espectáculo exclusivo.
En el tema del transporte también hay contrastes debido a las altas exigencias del evento, mientras en México se acordó dar transporte público gratuito a los asistentes para agilizar la movilidad, en lugares como Nueva Jersey las autoridades locales decidieron hacer lo contrario y subir las tarifas para asegurar que el torneo deje algo de beneficio directo a la ciudad. Son simplemente dos formas muy distintas de calcular el costo-beneficio.
En la práctica, toda esta evolución significa que las tribunas de nuestros estadios se llenarán principalmente de turismo internacional, dejando al aficionado local (ese que vive el futbol con verdadera pasión en el día a día) viendo los partidos desde la televisión (de paga) de su casa. Al final, este Mundial nos invita a plantearnos una pregunta muy seria: más allá de la emoción del deporte, ¿cuánto nos cuesta y quiénes se benefician realmente del Mundial en México?
@jairomendoza