

Jairo Mendoza.
No cabe duda de que el torneo es un éxito de logística y proyección. México consolida su relevancia global al convertirse en el primer país en tener tres Copas del Mundo.
El inicio del Mundial 2026 en suelo mexicano despertó una dualidad de emociones. Por un lado, el entusiasmo colectivo que genera posicionar a nuestro país en el centro del escenario internacional; por el otro, la reflexión que nos invita a realizar sobre cómo las dinámicas económicas de un megaproyecto de esta magnitud terminan acentuando los contrastes y las barreras sociales en nuestra vida cotidiana.
No cabe duda de que el torneo es un éxito de logística y proyección. México consolida su relevancia global al convertirse en el primer país en tener tres Copas del Mundo. Los estadios lucen imponentes, las ciudades sedes demuestran estar a la altura de las exigencias técnicas y la derrama económica (traducida en turismo y consumo) es un beneficio real para ciertos sectores de la economía interna. Cuando el país se propone coordinar esfuerzos para proyectar una imagen sólida hacia el exterior, los resultados demuestran una capacidad de organización de primer nivel.
Sin embargo, detrás de la gran infraestructura y la atención mediática, surge el contraste más agudo de esta fiesta. El futbol, históricamente considerado el deporte más popular y accesible de nuestra cultura, experimenta una transformación que lo aleja de la gente. La afición que vive la pasión en el día a día, esa que apoya a sus equipos cada fin de semana, se está encontrando con una barrera económica imposible de superar debido al alto costo de las entradas y la intermediación comercial.
El análisis de fondo no es cuestionar si el evento es un buen negocio o no, sino ver cómo un deporte que nació en los barrios populares se terminó privatizando hasta volverse un torneo de lujo. Mientras en los palcos exclusivos los aficionados de ocasión y los influensers están más interesados por likes, las familias que de verdad le dan identidad al futbol se ven obligadas a mirar el Mundial desde lejos, excluidas por un sistema que prefiere el consumo de unos pocos antes que la convivencia de todos.
El gran reto colectivo y la principal tarea gubernamental que nos deja este Mundial no está en la cancha, sino en el aprendizaje. La experiencia demuestra que el país cuenta con las herramientas, los recursos y la capacidad de gestión necesarios para alcanzar metas complejas cuando se lo propone. El verdadero desafío hacia el futuro es aplicar esa misma eficiencia y coordinación de trabajo para diseñar soluciones diarias que disminuyan las desigualdades, logrando que el desarrollo, al igual que el futbol, vuelva a ser algo accesible para todas y todos.
@jairomendoza