

Jaime Santoyo Castro.
La autosuficiencia es una virtud cuando se traduce en capacidad para producir, innovar y resolver los problemas propios sin depender excesivamente de terceros.
El pasado miércoles, el presidente Donald Trump volvió a sorprender al mundo con una de esas declaraciones que parecen más orientadas a darle gusto a sus simpatizantes que a describir la realidad. Al referirse al futuro del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), afirmó que estaba considerando no renovarlo porque, según su apreciación, Estados Unidos no necesita nada de sus vecinos, mientras que México y Canadá necesitan todo de él.
La afirmación, más allá de su evidente carga política, obliga a preguntarnos si estamos frente a una expresión de autosuficiencia nacional o simplemente ante una muestra más de altanería y de soberbia.
La autosuficiencia es una virtud cuando se traduce en capacidad para producir, innovar y resolver los problemas propios sin depender excesivamente de terceros. La soberbia, en cambio, consiste en creer que nadie más es necesario, ignorando deliberadamente la realidad.
Pero la realidad es que, en el mundo actual, ninguna nación es completamente autosuficiente.
Estados Unidos es, sin duda, la economía más poderosa del planeta. Posee una extraordinaria capacidad tecnológica, financiera, militar e industrial. Sin embargo, esa fortaleza no significa que pueda prescindir de sus socios comerciales. De hecho, buena parte de su éxito económico descansa precisamente en la integración de cadenas productivas con México y Canadá.
Basta observar un automóvil ensamblado en Norteamérica para comprenderlo. Sus componentes cruzan varias veces las fronteras antes de convertirse en un producto terminado. Lo mismo ocurre con alimentos, dispositivos electrónicos, maquinaria, equipo médico y una larga lista de bienes esenciales para la vida cotidiana de millones de estadounidenses.
La geografía tampoco puede ignorarse. Estados Unidos comparte miles de kilómetros de frontera con México y Canadá. Se encuentra literalmente entre ambos países, como el jamón en un sándwich. Pretender que no necesita nada de sus vecinos equivale a desconocer una realidad económica, logística y humana que se ha construido durante décadas.
Es cierto que México y Canadá dependen en gran medida del mercado estadounidense. Las cifras del comercio exterior así lo demuestran. Pero también es cierto que millones de empleos en Estados Unidos dependen de la relación comercial con sus dos vecinos. La dependencia puede ser asimétrica, pero la interdependencia es innegable.
Quizá el problema radica en que algunos líderes confunden poder con independencia absoluta. El poder permite influir, negociar e incluso imponer condiciones. Pero no elimina las necesidades recíprocas que surgen de la convivencia económica y política.
La historia ofrece innumerables ejemplos de naciones que, embriagadas por su fortaleza, terminaron descubriendo que ninguna puede prosperar aislada del resto del mundo. Las grandes potencias también requieren mercados, materias primas, mano de obra especializada, seguridad regional y cooperación internacional.
Por ello, más que una expresión de autosuficiencia, las palabras de Trump parecen reflejar una visión simplista de una realidad mucho más compleja. Son, quizás, una balandronada destinada al consumo político interno, pero difícilmente una descripción seria del funcionamiento de la economía norteamericana.
La buena vecindad no se construye sobre la base de quién necesita más a quién, sino sobre el reconocimiento de que todos obtienen beneficios cuando existe cooperación, respeto y entendimiento mutuo.
Porque una cosa es ser fuerte y otra muy distinta creer que no se necesita a nadie. Lo primero es una fortaleza; lo segundo suele ser el comienzo de los errores que provoca la soberbia.