

Jaime Santoyo Castro.
El fenómeno resulta particularmente interesante porque no requiere organización previa ni estructuras de movilización.
Los hasta ahora dos triunfos logrados por la selección nacional de futbol en este campeonato mundial han provocado una enorme alegría entre los mexicanos. En prácticamente todo el territorio nacional hemos visto plazas llenas, calles abarrotadas y grupos de personas que se reúnen para disfrutar el triunfo sintiendo la camiseta pegada al corazón y reafirmando el orgullo de ser mexicanos.
El fenómeno resulta particularmente interesante porque no requiere organización previa ni estructuras de movilización. La convocatoria es el triunfo; el lugar es el espacio público que simboliza la libertad, la identidad y el sentido de pertenencia; la hora, inmediatamente después de la victoria; y la forma, una sola voz repitiendo una y otra vez: ¡México! ¡México! ¡México!, mientras ondean las banderas tricolores y se abrazan personas que ni siquiera se conocen.
Nadie convoca en particular. No existen acarreados, ni listas de asistencia, ni promesas de compensación económica. No se exige militancia política, afiliación religiosa o condición social alguna. Simplemente la gente acude porque quiere estar ahí, porque desea compartir una emoción colectiva que le permita sentirse parte de algo más grande que sí misma.
Y quizá ahí se encuentra la verdadera explicación del fenómeno.
La celebración no es únicamente por el resultado deportivo. En el fondo, millones de mexicanos están respondiendo a una necesidad más profunda: la necesidad de sentirse orgullosos de su país y de tener motivos para expresarlo públicamente.
Durante muchos años, México ha aparecido en los titulares internacionales asociado a la violencia, al narcotráfico, a la corrupción o a la migración. Con frecuencia somos juzgados por las acciones de una minoría y no por las virtudes de la inmensa mayoría de nuestros compatriotas. Pareciera que los esfuerzos de millones de trabajadores, estudiantes, emprendedores, científicos, maestros, médicos, agricultores y familias enteras quedan opacados por las conductas de quienes infringen la ley.
Sin embargo, el México real es muy distinto.
México es una nación construida por personas trabajadoras que todos los días se levantan temprano para sacar adelante a sus familias; por jóvenes talentosos que destacan en las universidades y centros de investigación del mundo; por artistas, deportistas y empresarios que compiten exitosamente a nivel internacional; por mujeres y hombres honestos que aportan su esfuerzo para construir una mejor sociedad.
Por eso, cuando miles de voces gritan al unísono “¡Viva México!”, no solamente celebran un gol o una victoria deportiva. También están enviando un mensaje al mundo. Están diciendo que merecemos ser vistos más allá de nuestros problemas; que somos un pueblo digno, trabajador, inteligente y resiliente; que exigimos respeto y reconocimiento como nación.
Resulta significativo observar que en esas celebraciones desaparecen las diferencias políticas, económicas, religiosas o ideológicas. Nadie pregunta por quién votó el de al lado ni cuál es su nivel de ingresos. No existen divisiones ni enfrentamientos. Durante unas horas, todos comparten una misma emoción y una misma identidad.
La sed de tener motivos de orgullo consigue lo que muchas veces no logran los discursos ni las campañas: reunir a la sociedad alrededor de algo positivo. Y esa es una lección que no deberíamos pasar por alto.
Quizá los mexicanos estamos ávidos de buenas noticias. Quizá estamos cansados de los mensajes de confrontación, de las estadísticas negativas y de los motivos para preocuparnos. Quizá, simplemente, necesitamos recordar que también somos capaces de triunfar, de destacar y de celebrar juntos.
El futbol nos ha regalado momentáneamente esa oportunidad. Pero el verdadero desafío consiste en construir muchos más motivos de orgullo nacional en la educación, la cultura, la ciencia, la seguridad, la economía y la vida pública.
Porque cuando un pueblo encuentra razones legítimas para sentirse orgulloso de sí mismo, fortalece su unidad, recupera la esperanza y reafirma su confianza en el futuro.
Y México, hoy más que nunca, tiene sed de esos motivos de orgullo.