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Gerardo Luna Tumoine

Epifanía: cuando lo esencial se deja ver

Epifanía: cuando lo esencial se deja ver

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El inicio de año suele llenarse de listas: propósitos, metas, deseos. Como si la vida se reiniciara con solo cambiar el número del calendario.

Gerardo Luna Tumoine
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6 de enero 2026

Hay palabras que no necesitan explicación, sino silencio. Epifanía, manifestación, es una de ellas.

Es un evento religioso y una fecha del calendario. Pero también —y sobre todo— es una experiencia humana: ese instante, a veces lento y a veces abrupto, en el que algo se revela. No porque no estuviera ahí, sino porque por fin nos atrevimos a verlo.

El inicio de año suele llenarse de listas: propósitos, metas, deseos. Como si la vida se reiniciara con solo cambiar el número del calendario. Pero hay comienzos que no vienen a pedir planes, sino conciencia. No a sumar intenciones, sino a reconocer verdades. Hay años que no exigen entusiasmo, sino honestidad.

La epifanía no siempre es luminosa. A veces duele. Duele aceptar que algo no era como lo imaginábamos. Duele reconocer que hemos insistido demasiado en caminos que ya no llevan a ningún lado. Duele mirarnos al espejo sin excusas.

Pero también libera.

Porque cuando algo se revela, deja de pesar. Nombrar lo que nos habita —un cansancio que no sabíamos admitir, una pérdida no resuelta, una decisión postergada, una amistad rota, una vocación que pide aire— nos devuelve una forma de paz. No la paz cómoda, sino la honesta.

Uno crece deprisa, tan deprisa, que a veces hasta la propia sombra se queda atrás.

Volamos alto creyendo que todo es posible, que nada deja huella, que la noche siempre será aliada. Confundimos luces con estrellas, riesgo con libertad, exceso con vida: tomamos lo que brilla por lo que orienta, lo que deslumbra por lo que da sentido, sin advertir que muchas luces encandilan y se apagan, mientras las estrellas —discretas y lejanas— son las que verdaderamente enseñan a caminar. En el camino hacemos trampas, perdemos amigos, decimos lo que pensamos sin pensar lo que decimos.

Todo eso también educa.

Aunque no lo parezca en el momento. Este año que terminó nos mostró cosas. Tal vez no las que queríamos, pero sí las que necesitábamos ver. Nos mostró de qué estamos hechos cuando falta la certeza. A quién llamamos cuando el día se oscurece. Qué tanto sabemos acompañar… y qué tanto sabemos quedarnos.

Hay revelaciones que ya no se pueden dejar de ver. Una vez vistas, cambian la manera de caminar, de hablar, de elegir. No necesariamente hacen la vida más fácil, pero sí más verdadera. Seguimos inventándonos, sí, pero con menos ingenuidad y más verdad. Tan jóvenes por dentro, tan viejos por experiencia.

Hace algunos años escribí que aquellos personajes de la Epifanía “No eran reyes, tampoco tres, ni magos”. No para desmentir una tradición, sino para rescatar lo esencial: que se pusieron en camino. No esperaron certezas ni exigieron garantías. Caminaron guiados por una luz incompleta, por una intuición, por una pregunta más grande que ellos mismos.

Quizá por eso hoy entiendo mejor que la Epifanía no ocurre al llegar, sino mientras avanzamos. Cuando algo se revela y ya no hay vuelta atrás. Cuando lo esencial se deja ver.

Y quizá eso sea Epifanía: descubrir que lo esencial no está en lo que viene, sino en lo que ya entendimos. En saber que seguimos aquí, caminando, tan jóvenes y tan viejos a la vez, con lo puesto… y con lo aprendido.

Y asumir, como recomendación silenciosa para este inicio de año, que a la vida no se le responde acumulando, sino entregando: dar todo lo que somos —aunque parezca poco—, ofrecer todo lo que tenemos, aun sabiendo que es nada… y aun así, darlo todo.

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