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antonio sanchez gonzalez

Prudencia miedosa

Prudencia miedosa

Antonio Sánchez González.

Según Catherine Van Offelen, la modernidad ha distorsionado la antigua noción de prudencia.

Antonio Sánchez
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29 de agosto 2025

“Quédate en casa”. Recordamos este lema que resonó hace cinco años en nuestro mundo durante la crisis del coronavirus, donde alcanzamos la cima de la locura higienista. Afortunadamente, este episodio extremo, en el que los jugadores de futbol tuvieron que jugar en estadios vacíos y hubo que saludarse chocando los codos -o los talones-, afortunadamente ha quedado atrás. Pero, por desgracia, la mentalidad de precaución que estructura nuestras sociedades occidentales, y más particularmente las europeas, sigue ahí, con su procesión de eslóganes infantilizantes y pictogramas paternalistas que guían cada uno de nuestros pasos.

Por su salud, evite comer demasiada grasa, demasiada azúcar, demasiada sal”, “El abuso de alcohol es peligroso para su salud”, “Lávese las manos regularmente”, “La gripe es peligrosa. Así que vacúnese”, “Sube las escaleras”, “Estemos vigilantes juntos”, “Informar es proteger“, sin mencionar el sublime “Lysol acaba hasta con más de 100 gérmenes”… Estamos rodeados de mandatos, ahogados por alertas coloreadas como un álbum de estampitas infantiles (desde los sellos nutricionales hasta el clima), guiados por señales y gobernados por algoritmos. A propósito, y para poner fin a esta locura, Catherine Van Offelen publica Arriesgar la Prudencia, un notable ensayo en el que disecciona la “civilización de los estómagos felices” en la que vivimos, y nos invita a extraer de la sabiduría antigua los recursos para contrarrestar esta tentación resbaladiza de vivir en un capullo con aire acondicionado.

Según ella, la modernidad ha distorsionado la antigua noción de prudencia. Para los antiguos la seguridad es la ausencia de preocupaciones internas. Hoy en día, ya no es este ideal de serenidad el que prevalece, sino la exigencia de una garantía institucional. Ya no es una disposición interna que debe cultivarse, sino un entorno externo que debe esterilizarse de cualquier amenaza. Seguridad social, seguridad alimentaria, seguridad energética, seguridad vial e incluso seguridad emocional: la obsesión por la seguridad se aplica a todos los niveles. Esta búsqueda del “riesgo cero” es una “asíntota que nunca se alcanzará, una fantasía que siempre está fuera de alcance”.

Seguramente vale la pena considerar oponerse al “principio de precaución”, una versión equivocada de la antigua prudencia, que no se parece a la prudencia miedosa de hoy. Esta noción se la debemos al pensador Hans Jonas, que escribió El principio de responsabilidad en 1979. Ante la posibilidad de un apocalipsis nuclear que atormentaba a las sociedades occidentales de la época, propuso congelar cualquier innovación tecnológica que pudiera, incluso de forma improbable, llegar a la especie humana. “En caso de duda, considere lo peor”, este debería ser el nuevo credo de nuestro tiempo, según él. Esta heurística del miedo, que alcanzó su punto máximo durante el Covid, es la que recalca la musa climática Greta Thunberg: “No quiero tu esperanza, no quiero tu optimismo, quiero que entres en pánico, quiero que sientas el miedo que me acompaña todos los días“, dijo en Davos en 2019. Un programa siniestro, que, de haber sido el credo de la humanidad, la habría llevado a permanecer en sus cuevas. Bajo esa premisa, los vikingos se habrían quedado en sus fiordos, Magallanes nunca habría salido de Oporto, San Martín no habría cruzado los Andes ni César el Rubicón.

Esta idea moderna de precaución es muy lejana al ideal antiguo de la prudencia y, en consecuencia este rechazo del precaucionismo, que congela el impulso creativo del hombre, no es más que una fe presuntuosa en el progreso tecnológico, que inmolaría el presente en el altar del futuro y quemaría sus alas como Ícaro al sol de la arrogancia. Es una invitación a redescubrir “los jugos de una vitalidad perdida”, reconciliando los dos postulados innatos al corazón del hombre: la finitud de una condición limitada y el gusto por el riesgo y la aventura. Aceptar la incertidumbre de nuestras vidas y comprender que debemos elegir: descansar o ser libres.

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