

Antonio Sánchez González.
En una letanía de eufemismos, las autoridades de cultura de la Ciudad de México han señalado la supuesta necesidad de darle una nueva identidad a un espacio histórico.
La obra de Ramón López Velarde está profundamente ligada con la Revolución Mexicana, o lo que hoy desde el régimen actual se llamaría “La tercera transformación de México”. Ni con tal identidad, el espacio se ha salvado de una intervención oficialista que pretende, a todas luces, borrar la presencia histórica, cultural y social del poeta, imponiendo una falsa diversidad e inclusión.
Recientemente, la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México anunció que se iniciaron los trabajos para convertir el recinto que ocupara Ramón López Velarde durante sus últimos años de vida -y en el que murió- en la colonia Roma Norte de esa ciudad, en el primer cabaret público; además, sería un lugar para albergar expresiones culturales indígenas y afromexicanas: “tendrá una vocación dedicada a las palabras desde diferentes perspectivas” dijo la instancia gubernamental.
En una letanía de eufemismos, las autoridades de cultura de la Ciudad de México han señalado la supuesta necesidad de darle una nueva identidad a un espacio histórico, que desde 1991 había sido administrado con éxito, manteniendo vivo y vibrante el legado del jerezano.
Esta transformación del patrimonio público también cambió de nombre: “La Casa de las Palabras”. La nueva denominación no solo borra al escritor mexicano, también su legado, símbolo de identidad para la historia y la cultura del país. La oficina pública argumentó al respecto que “Casa del Poeta Ramón López Velarde” resultaba una frase excluyente, pues era “una expresión de genéricos masculinos”, “siendo denominadores únicos de los recintos culturales”. El lenguaje incluyente no justifica negar la existencia esencial de uno de los constructores de la realidad nacional de una época.
El problema con todo lo antes descrito es universal: no existió consenso previo, un diagnóstico situacional que justificara la intervención, ni un ejercicio participativo en el que la ciudadanía, usuaria o no, definiera la ruta y las perspectivas culturales de nuestra época, logrando un atropello absoluto al legado del poeta que es considerado el artista de la transición entre el modernismo y la vanguardia. El problema es que, a todas luces, se trata de la imposición de una visión hegemónica desde el poder público.
A decir de las mismas autoridades de la Ciudad de México, el edificio ha sido durante más de 30 años uno de los espacios literarios más entrañables de la capital, por lo que el proyecto ha generado una serie de manifestaciones e inconformidades de quienes buscan mantener tanto la vocación del edificio porfiriano, como el legado del poeta nacional de México.
Desde Jerez y Zacatecas nos oponemos a la injustificada transformación de La Casa del Poeta. Nuestra inconformidad es legítima porque este espacio cultural tan entrañable es un reconocimiento a quienes, sin haber nacido en el centro del país, han construido su identidad y han hecho de la provincia una expresión más de la realidad mexicana. Tanto Ramón López Velarde, como todo lo que significa su obra y La Casa del Poeta, es un recordatorio vigente que la cultura mexicana se integra desde todas las latitudes, contra del alarmante centralismo que vivimos en todos los ámbitos.
Celebramos que sea interés institucional de la Ciudad de México que existan espacios culturales que inviten a la diversidad y la inclusión. Propiamente, el recinto de Ramón López Velarde ha sido propositivo en el tema; sin embargo, traslapando un proyecto con otro, no es como se construye la democracia cultural tan anhelada.
El derecho de preservación de La Casa del Poeta es tan válido como las pretensiones oficialistas. Existen en la misma Ciudad de México muchísimos inmuebles y recintos que requieren una intervención gubernamental para ampliar sus alcances. Pedimos respeto entonces a un espacio que, si bien es público y fue iniciado por un gobierno, se ha mantenido bajo la gestión exitosa desde la sociedad civil organizada, otra muestra de ser un espacio abierto, plural e incluyente.