

Antonio Sánchez González.
El mundo se dice enfadado por la monetización del fútbol. Dos libros abordan este tema de forma contradictoria.
El fútbol está cambiando rápido. Vuela a la velocidad de un regate de Garrincha. ¿Quién podría haber dicho, hace veinte años, que Italia no estaría en el Mundial por tercera vez? ¿Quién iba a imaginar que esta competición se jugaría en tres países y con 48 equipos? ¿Que Estados Unidos se convertiría en una nación futbolística gracias a los 65 millones de latinoamericanos que viven allí? ¿O que multimillonarios del otro lado del Atlántico invirtieran su dinero en clubes de fútbol europeos? Hoy la pelota rueda desde Uzbekistán hasta Curazao.
El mundo se dice enfadado por la monetización del fútbol. Dos libros abordan este tema de forma contradictoria. La primera es una investigación incriminatoria contra Gianni Infantino, el presidente de la FIFA. En Fifa Connection (Flammarion Editions), su autor, el periodista francés Simon Bolle, pinta un retrato poco halagador de este jefe global del fútbol con apellido dormilón, cuya etimología evoca la imagen de un niño vestido con lino blanco e inocencia sincera.
Error. Las complacencias de Infantino hacia Donald Trump, a quien ofreció un ridículo trofeo de paz, demuestra que no es un niño. El nuevo rey del fútbol ha trazado hábilmente el destino de la acelerada globalización del deporte más popular del planeta. Y nada le detiene. En 2030, el gran festival global se compartirá entre tres continentes y seis países. Y quién sabe si sea correcto lamentar esta dispersión de equipos y este debilitamiento de la identidad del Mundial, que hacía de la recepción de las naciones futbolísticas por parte de una de ellas un emotivo privilegio.
En el otro libro, Duhautois y Arrondel, economistas, contradicen en esta impresión de una carrera desenfrenada y hablando de Infantino perciben una lógica en sus decisiones –“Él decidió ampliar la competición a 48 equipos, en línea con la misión de la FIFA de difundir el deporte por todo el mundo”, porque los estatutos de la FIFA obligan a ayudar a las federaciones a desarrollar este deporte, incluso mediante la redistribución de nuevos fondos: 15000 millones de dólares en el periodo 2023-2026, el doble que el anterior. Infantino siempre aporta más a los países miembros, los que le eligen.
Pero no debemos sacar la conclusión equivocada de que el fútbol es una gallina que pone huevos de oro cuando el salario promedio de un jugador profesional es de menos de 2 mil dólares. El fútbol es muy popular, pero no tanto su peso económico. La facturación de los cinco primeros campeonatos europeos es de apenas 22000 millones de euros. Nike, por si sola gana más de 40000 millones de dólares al año. La economía deportiva no es tan masiva. La suma de todos los deportes pesa alrededor de cien mil millones al año y el fútbol americano representa la mitad de esta cifra. Por ejemplo, un club de fútbol de la Liga de Ascenso en México suele tener mucha menos facturación que un super en cualquier colonia popular mexicana.
Con todo, el fútbol ha tenido sus treinta años gloriosos, que comenzaron en los años 90 con el lanzamiento de la Champions League en 1992 y la ley que permite a los clubes europeos contratar a jugadores nacidos donde sea. El fútbol europeo ha registrado, año tras año, un crecimiento anual medio del 7%. Crecimiento sostenible y sostenido, con un 45% de ingresos procedentes de los derechos de televisión, en escenario mundial muy curioso en el que Estados Unidos tiene una política economía deportiva soviética al servicio de los clubes y en Europa una economía liberal al servicio de los jugadores.
Y hoy, aficionados -y hasta políticos- lamentamos el precio de las entradas y el fin del fútbol popular. Duhautois nos pone en nuestro sitio. La gentrificación del público es un hecho de la sociedad, no una maniobra neoliberal. “En Manchester, la clase trabajadora representa solo el 10% de la ciudad, el público ya no es el mismo”, dice. ¿Y la controversia por las entradas caras para el Mundial? “En Estados Unidos, hay 34 millones de personas con un ingreso anual de 200000 dólares. Pueden permitirse una entrada a precio elevado. No deberíamos sorprendernos”. En realidad, el negocio del fútbol es pequeño comparado con otros sectores de la economía, pero refleja la aparición global de las clases medias y la tendencia a una distribución desigual del pastel que pensamos es de todos: el ganador se lleva todo. “Los clubes son enanos económicos y gigantes mediáticos”, concluye.
La Copa del Mundo confirma esta observación. La venta que hacen los medios no tiene límite. Las pausas de hidratación, dudosamente necesarias, permiten añadir interludios publicitarios, que solo pueden lamentarse desde una perspectiva europea y latinoamericana, pero han existido durante mucho tiempo en Estados Unidos. Por suerte, hay cosas que no cambian. La gloriosa incertidumbre del resultado seguirá siendo más fuerte que cualquier cosa, incluso cuando estemos seguros de lo contrario.