Los paseos dominicales - Imagen Zacatecas

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Los paseos dominicales

Los paseos dominicales

Carlos López Gámez

   |  16 noviembre, 2019

De mis apuntes: Carlos López Gámez.

No hace muchos años las familias fresnillenses acudían los fines de semana a los inolvidables lugares y espacios donde la vegetación abundaba para disfrutar junto a los pequeños lo que la naturaleza obsequiaba. Eran los días de paseo que la animosa e inquieta chiquillería esperaba con impaciencia.
Esta sana costumbre se fue olvidando conforme pasan los años, incluso la mayoría de estos añorados espacios han desaparecido. Solo recuerdos de aquí o de allá se escuchan por diferentes rumbos.
Los llamados “paseos” eran organizados por familias e invitaban a los vecinos. Los más entusiasmados por participar en la aventura eran los pequeños. Se alquilaba una troca  (camión de carga de diferente dimensión y capacidad) a la cual se agregaban sillas y tablones para los paseantes. Por la mañana se abordaba la unidad motriz. Las recomendaciones de los padres de familia eran constantes para que los niños no hicieran travesuras.
Se acudía a los baños de Santa Cruz: Los paseantes de todas las edades con desbordante alegría se sumergía en las templadas aguas de la alberca; los adultos se mantenían vigilantes, ya que contados pequeños sabían nadar. Después de los chapuzones en la alberca en el exterior bajo frondosos árboles y cerca de arroyuelos se servían los lonches. Por la tarde se regresaba a casa.
Otros paseantes acudían a los balnearios de Atotonilco y Sain Alto. Otros más a Santiaguillo y unos más a las aguas calientes de Atotonilco, en Valparaíso. Las aguas del río Aguanaval eran también parte de los paseos. Los fresnillenses acudían a Río Florido y Rancho Grande, en las riveras crecían gigantescos árboles que aprovechaban los audaces clavadistas.
Como en la ciudad no existían albercas adecuadas para la práctica de la natación, se aprovechaban las piletas donde se depositaba el agua para regadío de las huertas. Estas pequeñas piletas eran conocidas como las de Doña Prisciliana (atrás de la Escuela Morelos); la de Palo Verde; de Juanita y Pancho Pérez, estas dos últimas ubicadas por la calle Fray Servando y Panteón.
Las Huertas de Abajo eran otro de esos lugares mayormente concurridos. Abundaban diferentes especies de árboles que eran la delicia de los niños trepando en ellos o instalando columpios. Otros más con sus biciclos o triciclos subían y bajaban desniveles de ese lugar. Los adultos por su parte compraban frutas y legumbres que ahí se producían. Se expendía pulque y aguas frescas, elotes y jícamas con chile; tunas y dulces. En un tapanco , un conjunto musical amenizaba las tardeadas.
La familia fresnillense sábados y domingos paseaba en lanchas, en La Lagunilla o veía a los avezados esquiadores.
El embarcadero construido en el malecón no se daba abasto. Los lanchones recorrían La Lagunilla, quienes iban a bordo podían observar en las orillas numerosos expendios de frutas, dulces, bebidas y antojitos.
En la llamada Plazuela de la Huerfanita; calle Del Barreno; Plazuela del Barrio Alto; Plazuela Cruz del Descanso y en la parte posterior del teatro Echeverría se instalaban las carpas, circos y juegos.
A personas que les gustaban las excursiones al aire libre organizaba recorridos por la Cañada de Linares, incluso llegaron a instalar campamentos y se escalaban las formaciones rocosas que ahí abundaban. El campo de aviación era otro sitio para excursiones, para ver de cerca el aterrizaje y despegue de aviones de distintos tamaños.
Los Jales también eran parte de las excursiones para recorrer la cima que asemejaba un gigantesco desierto. Las laderas de este promonitorio se utilizaba para que los jóvenes se deslizaran utilizando desde cartones, láminas y tablones; el recorrido terminaba en las cenagosas aguas de la acequia, ahora flamante campo de golf.
El arroyo La Joya a la mitad de la distancia entre Plateros y Fresnillo era sitio para la aventura. Del cauce se recolectaba gran cantidad de pizarras para elaborar lo que se utilizaba como lápiz para escribir en la pizarra que los niños de aquella década de 1940 llevaban como cuaderno a las escuelitas de barrio.
Las personas que se dedicaron a programar recorridos por los diferentes lugares del municipio lo hacían para llevar a los pequeños a conocer los atractivos fuera de lo común. Generalmente eran maestros. Se sumaban a las excursiones los adultos que a la vez se desempeñaban como vigilantes.
No se olvidan las visitas guiadas a las ruinas del hospicio (Ágora), se incluía al teatro Echeverría que también presentaba un estado de abandono y al Barrio del Palomar para atrapar o cazar palomas.
En el presente lo anterior es tan solo historia. Para nosotros era una actividad de auténtica convivencia familiar y de vecinos. De conocimientos indudablemente.
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