

Actualmente se exigen certezas de manera inmediata. Se desean soluciones rápidas, respuestas claras y verdades que no cambien.
En los ambientes escolares siempre se nos enseña que la ciencia esta integrada por un conjunto de verdades ya concluidas, fórmulas precisas, teorías comprobadas, y datos que no admiten discusión. Sin embargo, la ciencia es un proceso dinámico que avanza a través de preguntas, ensayos y sobre todo errores. Muy lejos de representar un obstáculo, el error ha sido uno de los grandes motores de avance del conocimiento científico.
Un ejemplo; durante muchos siglos se consideró que las enfermedades eran causadas por los llamados “miasmas”, que se creían supuestos vapores nocivos siempre presentes en el medio ambiente. Aunque esta idea es incorrecta, aceptarla condujo a mejorar la limpieza de las ciudades, las prácticas de higiene y la ventilación de los espacios públicos. Sin que fuera su propósito, estas acciones disminuyeron muertes y contagios, preparando el camino para el descubrimiento de los microorganismos que son los verdaderos causantes de múltiples enfermedades.
En Astronomía algo similar sucedió. Durante más de mil años el modelo geocéntrico fue aceptado y ubicó a la Tierra como centro del Universo. Hoy sabemos que era un gran error; sin embargo, permitió desarrollar observaciones sistemáticas del cielo y cálculos muy precisos. Sin el conocimiento de ese modelo equivocado científicos de la talla de Galileo, Kepler y Copérnico no habrían contado con datos necesarios para plantear una visión más precisa y correcta del Universo.
Actualmente se exigen certezas de manera inmediata. Se desean soluciones rápidas, respuestas claras y verdades que no cambien. De acuerdo con esta postura, la ciencia suele ser juzgada de manera injusta; se le reclaman sus cambios de postura, sus errores y sus rectificaciones; sin embargo, este reclamo parte de un profundo malentendido. La ciencia no está diseñada para no equivocarse, está diseñada para corregirse.
Muy al contrario de las posturas dogmáticas, la ciencia no se encarga de promover conocimiento como si se tratara de una verdad eterna y absoluta. La ciencia plantea verdades provisionales que se mantienen únicamente mientras que resisten la evidencia. Cuando una teoría falla, no es que la ciencia se encuentre frente a un fracaso, sino ante el proceso del funcionamiento normal de la construcción del conocimiento. El gran problema es que la tradición cultural nos ha enseñado a ver el error como una debilidad, cuando en la tradición científica significa una señal de honestidad intelectual.
En una época saturada de información, resulta muy importante comprender como avanza la ciencia y tener la capacidad de saber distinguir entre una opinión y una explicación basada en evidencia científica. La ciencia no promete respuestas definitivas ni verdades absolutas sino explicaciones provisionales que mejoran con el tiempo.
Mediante la aceptación de que el conocimiento puede cambiar, la ciencia se fortalece. En los centros escolares debería ser primordial enseñar que equivocarse es parte del aprendizaje y esto llevaría a formar ciudadanos más críticos, menos vulnerables a la desinformación y con una gran disposición a cuestionar con fundamento. La ciencia no avanza a pesar del error, avanza gracias a él. Entender esta fundamental lección educativa es tan importante como aprender cualquier dato o fórmula.