Gerardo-Luna-Tumoine-2024-Opinion
La indiferencia puede ser una forma de agresión silenciosa, y nuestras palabras, gestos o decisiones pueden marcar el destino de los demás más de lo que imaginamos.
La esencia de la vida no está en la acumulación ni en el reconocimiento, sino en el servicio. Ayudar a los demás no es solo un acto de generosidad, sino una responsabilidad que nos humaniza y nos da propósito. Este servicio debe manifestarse en cada aspecto de nuestra vida, no solo en las plegarias y los buenos deseos, sino en acciones concretas que alivien el sufrimiento y enriquezcan la existencia de los otros.
Sin embargo, hay momentos en los que quizá no tengamos los medios o la capacidad para ofrecer ayuda material o emocional. En esos casos, la sabiduría de la compasión nos sugiere una verdad aún más simple y poderosa: si no podemos hacer el bien, al menos debemos abstenernos de hacer daño. La indiferencia puede ser una forma de agresión silenciosa, y nuestras palabras, gestos o decisiones pueden marcar el destino de los demás más de lo que imaginamos.
Ser conscientes de esto nos obliga a preguntarnos: ¿cómo impactamos a quienes nos rodean? ¿Nuestro silencio hiere más que nuestras palabras? ¿Nuestra omisión pesa más que nuestra acción? Servir no siempre significa grandes sacrificios; a veces, basta con evitar ser una carga, con no lastimar, con no entorpecer el camino de los demás.
En un mundo donde el egoísmo suele disfrazarse de éxito y la indiferencia de prudencia, elegir ayudar es un acto revolucionario. Y cuando ayudar no sea posible, que al menos nuestra presencia no deje heridas. Porque, al final, el verdadero servicio es un equilibrio entre dar y no dañar.
No siempre podemos ayudar. A veces, por falta de recursos, de tiempo o incluso de fuerza emocional, nos es imposible tender una mano como quisiéramos. Pero hay algo que siempre está en nuestro poder: no causar daño. El simple hecho de existir nos convierte en parte de la vida de los demás, querámslo o no. Nuestros actos, palabras, silencios y decisiones dejan huella. Podemos ser refugio o tormenta, alivio o carga, compañía o ausencia. No hacer daño no es solo una cuestión de ética; es una forma de amor, de respeto por la existencia del otro.
A veces, el daño no es evidente. No siempre se lastima con gritos o golpes; también con la indiferencia, con juicios apresurados, con la falta de empatía. A veces, herimos cuando ignoramos el dolor ajeno, cuando cerramos los ojos a la necesidad del otro, cuando convertimos la vida en una competencia en lugar de una oportunidad para compartir.
Nuestro principal propósito en esta vida es ayudar a los demás. Y si no podemos ayudarles, al menos no les hagas daño. Que nuestra presencia no reste. Que nuestra actitud no hiera, que nuestra indiferencia no pese, que nuestra sombra no oscurezca la luz de alguien más. Porque no hacer daño también es una forma de ayudar. A veces, incluso, la más importante.