Vacíos

Sentimos hambre cuando nuestro estómago se encuentra vacío. Y esto es porque se activa todo nuestro metabolismo para enviar una serie de señales al cerebro y que así éste nos conduzca a la acción de ingerir alimento.   Algo parecido ocurre con nuestra estabilidad emocional. Cuando por diversas circunstancias se crean vacíos nuestro cerebro recibe … Leer más

Juan Carlos Ramos León.

Sentimos hambre cuando nuestro estómago se encuentra vacío. Y esto es porque se activa todo nuestro metabolismo para enviar una serie de señales al cerebro y que así éste nos conduzca a la acción de ingerir alimento.

 

Algo parecido ocurre con nuestra estabilidad emocional. Cuando por diversas circunstancias se crean vacíos nuestro cerebro recibe señales de alerta para llenar esos vacíos, compensando así hasta que se regresa al equilibrio. Desafortunadamente no siempre llenamos esos vacíos con lo que es apropiado hacerlo y tomamos malas decisiones que nos cobran factura después.

 

Hay quienes, teniéndolo todo (o creyendo que lo tienen todo), abren puertas que conducen a lugares de los que no hay retorno, como el mundo de las drogas, por ejemplo. Y luego se cae en la cuenta de que todo lo que necesitaban era la atención de sus padres, por ejemplo, es decir, un poco de cariño, pero no expresado con regalos, lujos o libertades, sino con tiempo. Tiempo dedicado a escucharles, realizar actividades con ellos -como jugar con los niños, por ejemplo- o sencillamente tiempo para darles un abrazo.

 

Así es. Detrás de una persona problemática hay alguien pidiendo a gritos un poco de atención. Hay alguien cuya alma tiene un vacío que debe de llenarse con algo. Los conflictos entre dos personas y hasta toda una problemática social tienen su origen en una cadena de vacíos. Así que una buena manera de lograr un poco de empatía en nuestra convivencia con los demás es caer en la conciencia de que aquella actitud negativa, aquel vicio, aquellas malas prácticas, incluso aquella ofensa que nos hicieron, se origina en alguna carencia, en un vacío en el alma de aquella persona. Así puede ser un poco más fácil entenderlas y no juzgarlas tan rápido o etiquetarlas como malas personas.

 

Conocí esta semana a un extraordinario ser humano, un activista en contra de las drogas quien,  teniéndolo todo menos la atención de sus padres, se hundió en ellas desde la edad de nueve años. Se llama Hanns Myhulots, es francés y vive en Guatemala. Va a venir a México y estará en Zacatecas; le recomiendo estar atento para, si tiene oportunidad, asista a escuchar su testimonio, le aseguro que le conmoverá y le moverá, además. Hanns es el mejor ejemplo que puedo darle de quien su vacío lo sumergió en un infierno del que afortunadamente volvió para contarnos como es y así tratemos de evitarlo.

 

Cuando quiera ayudar a otros considere que la mejor manera de hacerlo es tratar de entender cuál es el vacío que ocasiona su comportamiento. Y regálele un poco de amor. Si somos capaces de conmovernos ante el sufrimiento de un animal desprotegido también debemos de ser capaces de lograr aunque sea un poco de sensibilidad ante el vacío que existe en aquellos con quienes interactuamos. Sea amable, siempre.