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Sigifredo Noriega

   |  11 septiembre, 2020

Sigifredo Noriega Barceló.

Al día siguiente había que hacer los acomodos necesarios, dentro y fuera de mí.

Mi huerto necesitaba cuidados intensivos para aceptar la cruz con el realismo de la humanidad y, además, cultivar pacientemente la esperanza.

Todo mi impactado mundo emotivo podía ocupar su lugar; lo mismo las demás dimensiones de mi personalidad.

Había que pasar de las preguntas iniciales a otras, las del futuro, el próximo y el del más allá del tiempo.

Ir del ‘qué’ me está pasando al ‘para qué’ me está pasando; del ‘por qué a mí’ al ‘a quiénes’ puede beneficiar esto…

Dar el paso del yo narcisista a pensar en los demás.

Lo necesario y urgente era ser un Sigifredo que sale de sí mismo para buscar motivos, razones, sentido, horizonte… a lo que estaba viviendo.

Sin buscarlo ya estaba pasando a otra sala de espera.

 

 

Me encaminé, otra vez, la Huerto de los Olivos, el de Jesús.

Con un poco más de fe-confianza me acerqué y le pregunté cómo le había hecho para beber el amargo cáliz de la anunciada pasión y muerte.

No me dijo palabra alguna; no era necesario.

Lo volví a mirar, ahora más serenamente.

Traté de entrar en su decisión de obediencia al Padre.

Me dio pena invadir su intimidad con preguntas inoportunas.

En estos momentos sublimes las palabras no aplican.

El silencio habla, mejor dicho la voluntad del Padre sólo se desvela en el silencio ante el misterio.

El sufrimiento no está para ser explicado.

Sólo se le puede asumir en un amor oblativo.

En el silencio de aquella noche tenebrosa se vislumbra ya la luz de la resurrección.

El Ángel toma nota de lo que sucede en el Huerto.

Jesús se abandona en su padre.

 

 

Vuelvo a mi propio huerto…

Hay más puertas abiertas para entrar, salir, avanzar.

El sufrimiento no tiene la última palabra.

¿Qué voy a hacer con todo esto?

Me viene a la memoria el recuerdo de encuentros con víctimas de la violencia asesina en las visitas pastorales.

La misma pregunta que les hacía con vehemencia, ahora tengo que responderla yo.

Jesús no hizo huesos viejos en el Huerto.

Pero fue un momento y un espacio decisivos para la redención.

Se levantó dispuesto a lo que seguía.

El camino de la cruz, la cruz misma, la pasión toda, amor hasta el extremo.

Todo, absolutamente todo, bajo el signo de la entrega.

 

¿Qué voy a hacer con esta experiencia desconcertante?

Aceptarla, padecerla, entregarla.

Ya no me importaba la respuesta a las preguntas iniciales.

Son cuestiones que hacer perder el tiempo del/para el amor.

Ya tenía con quién iba a recorrer el camino.

Ya había balbuceado el cómo padecer.

Ya tenía en la mira para quién iban a ser las gotas de sangre.

 

Lo más difícil: concretar la conversión.

Aceptar que no soy yo quien primero va a cargar la cruz; mi cruz no salva a nadie.

Aceptar que Él nos amó primero y tomó sobre sí todas las cruces.

Aceptar que nos ha redimido con su muerte en la cruz.

Yo seré un simple y esperanzado cireneo.

Pondré mi parte, completaré lo que falta, como decía Pablo de Tarso.

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