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Nuestro López y Punto Final

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Pablo Torres Corpus
Pablo Torres Corpus.

Como parte de las conmemoraciones en honor a Ramón López Velarde, he corroborado una vez más, que la mayoría de los jerezanos tenemos una imagen del poeta muy alejada de la realidad.

El López Velarde de los jerezanos no es para nada díscolo, es ajeno a lo que la cotidianeidad de las letras y “el modernismo” nos presenta.

Para los buenos jerezanos, Ramón además de ser católico, buen hijo, culto y resignado, es una especie de deidad en las letras y ejemplo inmaculado de lo que sería un buen paisano.

Pese a todo lo que se ha dicho, escrito, supuesto, confirmado y creído sobre López Velarde, en nuestro día a día, Ramón es el poeta de la patria.

En las primarias siguen enseñando La Suave Patria como oración, de corridito; y en las buenas familias sigue estando vetado “El sueño de los guantes negros” o “La flor punitiva”.

“Hormigas” sigue siendo el icono de la intelectualidad de domingo, sólo por aparentar.

A veces creo que nos resistimos a verlo o conocerlo mundano, vulnerable ante las pasiones, porque en el fondo así somos o así tememos ser.

Un buen amigo me comentaba que esa resistencia a conocer o aceptar a un Ramón mundano no era por puritanismo, “provincialismo” o falta de conocimientos sobre su vida y obra; era por negación, radicaba simplemente en que no lo queríamos ver así.

Descubrir al Ramón humano sería como descubrir a un padre o abuelo mundano, capaz de todo lo bueno que nos hicieron creer, pero también de todo lo malo que queremos olvidar.

Tal vez por eso sea más fácil aplaudir a la poesía robótica de la plaza cívica que al canto erótico de la bohemia.

Agradezco y celebro a todos las personas que con motivo de estos aniversarios han difundido su obra épica, pero más a quienes han difundido la obra lírica, suplico que no haya sentimiento porque, al fin y al cabo, estas discusiones son sólo:

A la cálida vida que transcurre canora

con garbo de mujer sin letras ni antifaces,

a la invicta belleza que salva y que enamora,

responde, en la embriaguez de la encantada hora,

un encono de hormigas en mis venas voraces.

Punto Final

Homenajear no sólo es aplaudir.

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