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28 de septiembre

28 de septiembre

La escritura como composición

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Simitrio Quezada.

La palabra “escribir” proviene del indoeuropeo “skrib”: raspar, marcar, rallar (dejar ralladuras), mancillar: lo que se hacía con tablillas de barro para dejar registro de cálculos, datos, acontecimientos, pensamientos.

El primitivo verbo “sek”, cortar (de donde vienen “secta”, “sector” y “segmento”), nos dejó también el verbo “sker” y su variante “skeri”, que significan cortar, dividir. Los anglosajones tomaron este verbo para la palabra scar: cicatriz. El latino “cicatrix” viene del griego “eskhara”: marca o costra tras herida o quemadura.

La especialista en escritura Emilia Ferreiro hace notar que hace siglos leer y escribir eran actividades estrictamente profesionales. “Quienes se destinaban a ellas aprendían un oficio, y a este oficio se dedicaban el resto de sus días”. Y denuncia: “Todos los problemas de la alfabetización comenzaron cuando se decidió que escribir no era una profesión sino una obligación y que leer no era marca de sabiduría sino marca de ciudadanía”.

En estos análisis sobre la escritura, la investigadora equipara al antiguo oficio de escriba con el de músico. Expone ella que quien no servía como escriba, al igual que quien demostraba no servir para músico, simplemente desertaba de tal formación. A pesar de ello jamás se hablaba de un “fracaso escolar”.

Simplemente se caía en cuenta de que ésa no era la vocación indicada, y se reorientaban los esfuerzos al cultivo de otra labor que sí fuera la adecuada para el aspirante.

Años después, la propia Ferreiro complementa que a todos nos concierne la escritura y, sin embargo, no hay una disciplina que se ocupe de ella. Desde una mirada ingenua se podría argumentar que no hay disciplina que se ocupe de la escritura porque no es más que una técnica, una imperfecta técnica de transcripción de sonidos en grafías. Efectivamente, así fue tratada y maltratada muchas veces el ejercicio de la redacción.

Mucho tenemos por hacer respecto a la escritura como composición, sobre todo ante el desafío de preparar para nuestro entorno a docentes con verdadera calidad educativa. Esto requiere un compromiso sustentado en notable convicción y preparación académica. Debemos rescatar la excelencia que distinguió a anteriores generaciones de formadores de docentes y tutores en la escritura. Es muy imperiosa y actual obligación.

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