
Para el llamado Plan México, los aranceles representan tanto un desafío como una oportunidad.
Cuando Donald Trump anunció a principios de marzo un arancel del 25% a todas las exportaciones mexicanas hacia su país, muchos proyectamos una caída severa del PIB, pérdida masiva de empleos y un golpe directo a sectores altamente exportadores, como el automotriz, el electrónico o el alimentario. Pero días después vino la aclaración crucial: los bienes que cumplen con el T-MEC quedarían exentos. Esa corrección transformó un escenario de crisis en uno de presión controlada y oportunidad inesperada.
El arancel al acero y aluminio mexicanos sigue vigente, encareciendo productos incluso si cumplen con el T-MEC. En autos, el alza puede ir de 187 a 562 dólares por unidad, pero no de 7,500 dólares como al principio temíamos. En televisores, de 1.2 a 2.5 centavos por unidad. En latas de atún, entre 2 y 3 centavos. Aunque parecen montos menores, en sectores sensibles pueden erosionar márgenes y afectar la demanda. Solo como insumos en la fabricación de vehículos, electrodomésticos y alimentos enlatados México exporta más de 5 mil millones de dólares al año en acero y aluminio.
Los nuevos aranceles impuestos por Trump a productos europeos y asiáticos —de entre 20% y 46%— colocan a México en una posición de ventaja. Un auto japonés de 30,000 dólares ahora cuesta 37,200; uno alemán, 36,000. Y, como anoté arriba, uno mexicano 3,562. Un televisor chino sube de 500 a 670 dólares, y una lata de atún tailandesa de 5 a 7.30. En cambio, los productos mexicanos mantienen su precio base. Esa diferencia genera una ventaja real que antes no existía, especialmente en un mercado como el estadounidense, que representa el 73% de nuestras exportaciones.
Por eso, el impacto económico será menor al previsto. En lugar de una caída de hasta 2.8% del PIB, como se temía con el arancel de 25% general, hoy se proyecta una baja de entre 0.6% y 1.5%. Al mismo tiempo, el reposicionamiento competitivo podría sumar hasta 21 mil millones de dólares al PIB y generar entre 30,000 y 60,000 empleos. Un aumento de solo el 5% en exportaciones manufactureras significaría más de 20 mil millones de dólares adicionales anuales.
Los efectos inflacionarios también deben considerarse. En México, el alza de insumos ya presiona precios en bienes duraderos. En EEUU, el encarecimiento de importaciones clave puede elevar la inflación justo cuando la Reserva Federal intenta contenerla, lo que también influye en la demanda de productos mexicanos.
Para el llamado Plan México, los aranceles representan tanto un desafío como una oportunidad. La ventaja frente a Asia y Europa puede traducirse en más inversión, empleo formal y recaudación fiscal, dándole al gobierno recursos clave para financiar sus proyectos prioritarios.
Para que no le fuera tan mal a México, mucho tuvo que ver la cabeza fría de la presidenta Claudia Sheinbaum, la capacidad negociadora de su equipo y el respeto que Trump le ha manifestado públicamente. Él no podía ignorar un tratado que promovió y presumió como uno de los principales logros de su primer mandato, y su vigencia limitó el daño.
Afortunadamente, lo que parecía una embestida destructiva ahora es una oportunidad concreta que nuestro país debe aprovechar. Y la caída del PIB será bastante menor de lo que llegamos a temer.
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