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Discapacidad y pandemia

Discapacidad y pandemia

Antonio Sánchez González

   |  4 diciembre, 2020

Antonio Sánchez González.

La crisis sanitaria sin precedentes que estamos experimentando está poniendo una presión insoportable sobre nuestra vida social y económica. Nos obliga a todos a hacer esfuerzos considerables de confinamiento social, adaptación profesional y vigilancia de la salud, y las consecuencias de este trance sanitario son aún más graves para los más frágiles.

No olvidemos que, en tiempos de crisis, las personas con discapacidad, a pesar de su gran resiliencia y el admirable espíritu adaptativo que ellos y sus seres queridos muestran, con frecuencia están entre los primeros afectados. No olvidemos que hoy, mientras las amenazas del desempleo y la precariedad se ciernen sobre nuestros conciudadanos, la tasa de desempleo de los trabajadores discapacitados es más del doble de la media nacional.

No olvidemos que la proporción de desempleados de larga duración, los que no encuentran trabajo en un año o más, es 50% mayor para los desempleados con discapacidad respecto del resto de la población. Cuando sabemos que uno de cada dos solicitantes de empleo discapacitados tiene 50 años o más, entendemos aún más su preocupación por la posible pérdida laboral que resultaría de esta crisis. Esta situación es aún más preocupante si se tiene en cuenta que la discapacidad es el primer criterio de discriminación de los derechos humanos en 2019.

Desafortunadamente, las personas con discapacidad son de las olvidadas durante la pandemia y son con demasiada frecuencia invisibles en el espacio público. Olvidamos su angustia y soledad frente al confinamiento, el cese de actividades que crean lazos sociales o incluso la dificultad que el confinamiento les significa para conseguir algunos cuidados domiciliarios.

Olvidamos que las personas con alguna discapacidad necesitan flexibilidad, y que, por ejemplo, un período de confinamiento puede no tener sentido para un niño autista que metódicamente camina con sus padres por la calle. Olvidamos que las mujeres con discapacidad son, en proporción, más víctimas de violencia doméstica que lo que las cifras nos muestran. En realidad, no hay que olvidar que no olvidar es luchar por estas personas con discapacidad.

En este momento de crisis de salud, la reorganización del trabajo y el uso masivo del teletrabajo pueden ser una oportunidad para cada empleador, público y privado, de dar un paso adicional hacia la inclusión. Sin embargo, si el teletrabajo es una oportunidad, también conlleva riesgo. Uno de cada tres trabajadores discapacitados teme que, con el teletrabajo se sentirán más aislados social y profesionalmente, o incluso pierdan su empleo. Por lo tanto, la sociedad debe permanecer vigilante de que el teletrabajo sigue siendo una opción de inclusión y no un medio para marginar a las personas con discapacidad.

En términos concretos, por ejemplo, una política nacional de “inclusión digital” para las personas con discapacidad les permitiría tener acceso más fácil a las ofertas de trabajo, información sobre estas ofertas o el entorno de trabajo digital. Por ejemplo, millón y medio de mexicanos en edad de trabajar tiene discapacidad visual, mientras que sólo el 4% de los sitios web públicos han sido diseñados para serles accesibles.

Apoyar el trabajo de las personas con discapacidad no es una opción ni una política pública como cualquier otra. Es más que eso. La buena inclusión de las personas con discapacidad es lo que define nuestra solidaridad, nuestro cemento como nación, como comunidad.

Eso es lo que define a la humanidad.

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