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Huberto Meléndez Martínez.

Dedicado a María del Patrocinio y Juan Manuel, mis hijos

 

Sus pequeños pasos iban apresurados camino a la salida de la cocina de la abuela paterna. Ingenuamente creyó quedar impune después de haber pronunciado una grosería a su abnegada madre. Ella, sentada en un diminuto banco junto a la chimenea, afanosa hacía tortillas, tuvo dificultad para dejar su tarea e ir tras el niño para aplicarle un correctivo proporcional a la falta.

Probablemente la mínima acción debió ser un revés en la boca del infante, porque el delito era grave. Ese vocabulario era ajeno a la familia y sólo podría pensarse que había escuchado esas palabras en clientes que acudían a la Cooperativa del rancho, que estaba a un par de puertas de esta vivienda.

En fracciones de segundo las consecuencias de abandonar las ineludibles ocupaciones pasaron por el pensamiento de la progenitora: enderezarse, dejar la media docena de tortillas sobre el comal, el consumo de leña en el fuego para alcanzarle, el riesgo de tropezar con los leños cerca de sus pies, envolvió su impotencia.

El abuelo Pedro estaba tranquilamente tomando algunos rayos del sol en la puerta, absorto en sus pensamientos, cómodo en una silla con tejido de tul y cubierta de una suave piel  de cabra; la pierna derecha cruzada sobre la izquierda…

Escuchó la frase soez en la aguda voz del nietecito y de reojo vio su caminar apresurado hacia afuera. Con la habilidad que sólo puede tener una persona curtida por el trabajo físico del campo, lidiando con bestias de carga, con una ligereza que sorprendió al escapista, tomó por un extremo aquel trozo de caña de maíz que usaba como bordón y asestó un golpe en las nalgas del niño, el cual, estrenaba la emoción de la sorpresa. No alcanzó a dimensionar el tamaño de la acción, porque le resultaba increíble que aquel anciano, todo amor y cariño  con él, sus hermanos y sus primos, haya dado un golpe intencionado en su humanidad intocable.

Eran tiempos en los que permeaban los correctivos físicos para enderezar las conductas de los hijos (aunque estaban asignados a madres y padres, no al resto de la parentela y menos aún a los abuelos).

Fue oportuno, pues adicionando al “garrotazo”, con voz de mando dijo: “A su mamá se le respeta, cuidado con eso”.

Hoy día puede resultar inconcebible tener noticia de algo parecido y debe ser tema de grandes disertaciones por especialistas, psicólogos y educadores.

Aunque los resultados están a la vista. Antaño hubo generaciones respetuosas de la autoridad, formadas con una escala de valores benéfica a la sociedad, criados en las limitaciones materiales, con lo indispensable y eliminando lo superfluo, educados en el trabajo y la disciplina.

Quien esto escribe tiene sus reservas al considerar que los menores aprenderán buenos modales después, cuando sean maduros con capacidad de decisión. Tampoco se afirma que ese método sea efectivo en todas las personas y en todas las épocas.

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