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Confesión docente

Confesión docente

Huberto Meléndez Martínez

   |  29 octubre, 2019

Huberto Meléndez Martínez.

A la maestra Ana Delia Landa Gudiño, en gratitud por sus enseñanzas.

Por azares del destino se presentó una circunstancia en la vida de una profesora, que por casi cuatro años estuvo a cargo de la asignatura de ciencias naturales en una escuela, asistió a un festejo en el cual sus alumnos conmemoraban un importante aniversario del ejercicio de su profesión.

Después de la algarabía de los saludos, abrazos, reconocimientos, la presentación de sus familiares, invitados y acompañantes, remembrando las anécdotas vividas en lo personal, laboral y afectivo, evocando ironías y experiencias de la época estudiantil, intercambiando impresiones sobre acontecimientos del paso de los años, en los que no pudieron tener comunicación. Accedieron a un recinto para escuchar testimonios de sus mentores de antaño.

La docente, valientemente, pero con nerviosismo acentuado por la emoción del momento, la aglomeración de ideas y denotado en el movimiento de sus manos al tomar el micrófono, ante un centenar de exalumnos, emitió aproximadamente estas palabras.

Veo ahora en ustedes a mujeres y hombres grandes, con una madurez de profesionistas consolidados, buenos padres, madres, abuelos, compañeros, esposas o esposos con un corazón enorme. Advierto ausencias, porque ya se nos adelantaron en este camino y otros que por situaciones particulares no pudieron venir a este encuentro.

Está ante ustedes una mujer, ven a una persona que está aquí parada en frente, pero que no era maestra; con la carrera de Laboratorista Químico me inscribí en la Escuela de Medicina y apenas a un mes de clases, estalló una huelga que duró seis meses en la Universidad. Organizamos brigadas para irnos a dar asistencia médica gratuita a las colonias populares, a los basureros con los pepenadores, a las cárceles con los reclusos, a colaborar en asuntos sanitarios en las rancherías y comunidades rurales con los ejidatarios. Allá me encontró la directora de su escuela y me invitó a trabajar en pedagogía.

Yo no quería, pues carecía de formación pedagógica. Sólo tenía mi carrera, un corazón sensible y una inclinación sólida por el trabajo, fomentada por mis padres.

Asumí la invitación y por ello cometí errores, por mi falta de conocimiento. Los aquí presentes no tuvieron nada que ver ni se dieron cuenta. La responsable era yo. Sólo yo sabía las dudas, zozobras, temores e inquietudes que tenía dentro de mí, pero también me preparaba; por las noches, cuando en mi familia ya estaban todos dormidos, me ponía a estudiar. En vacaciones me iba a cursos para poder responder a sus inquietudes.

Tengo en mi pecho sólo agradecimiento por haberme permitido formar parte de sus vidas, en ese fragmento de su preparación. Valió la pena, claro que valió la pena.

Es un privilegio pocas veces visto en un docente, haber vivido una situación parecida a esta historia, algunos quizá ni lo imaginan, porque el impacto y la resonancia de sus enseñanzas se dispersa por el tiempo, por diversos rumbos, tan inesperados y complejos como la evolución de las sociedades lo determina.

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