Espejito, espejito

Antonio Sánchez González.
Antonio Sánchez González.

¿Cuál es el papel de la belleza en la conquista del poder?

Espejito, espejito, ¿puede uno ser feo y presidente? ¿Cuál es el papel de la belleza en la conquista del poder? Porque si una imagen vale más que mil palabras, al tratar de mostrar poder, no se trata de representarlo débil o enfermo. ¿O se puede?

Hay muchas razones para dudarlo. Los griegos presocráticos asociaron sistemáticamente la moral con la belleza física y la historia muestra que el poder nunca identificó con la fealdad. Por el contrario, los monarcas tienen la costumbre de vincular grandeza y belleza. Luis XIV de Francia, en el famoso retrato de Rigaud se muestra sorprendentemente musculoso siendo un hombre de 63 años y siendo un calvo precoz impuso el uso de la peluca en toda su corte. Napoleón, más tarde, siempre se representó a sí mismo más alto de lo que era y no hablemos de los fascistas para quienes el culto a la personalidad los lleva a representarse a sí mismos mucho más bellos de lo que realmente fueron.

Las democracias modernas no han escapado a esta tendencia, sobre todo debido al creciente papel de la televisión y las imágenes brillantes en la conquista del poder. En este lado del mundo, desde John Kennedy hasta Barack Obama y Enrique Peña Nieto -y algún caso local- han mostrado que ser cool y guapo sirve para atraer votos. Y en el caso de las mujeres, Sanna Marin en Finlandia y Jacinda Ardern en Nueva Zelanda son elogiadas tanto por su carisma y belleza como por su corrección mental. No cabe duda de que estos líderes han inspirado atracción política a través de su imagen.

Este fenómeno es aún más cierto en el momento de la instagrammización de la vida cotidiana, en el que las ofertas electorales están hoy condicionadas por un auge del individualismo y una democracia cada vez más basada en la cultura de la apariencia, de la fotogenia y del buen encuadre ante una cámara. Como prueba de la novedad de este fenómeno, en el mundo la mayoría de los jefes de estado que pueden describirse subjetivamente como “hermosos” han sido elegidos en los últimos quince años, fenómeno que va de la mano con una tendencia a votar por candidatos cada vez más jóvenes.

A partir de esta observación, la pregunta es ¿puede uno ser admirado y elegido representándose a uno mismo independientemente de la apariencia física? Obviamente sí. Hemos conocido presidentes y jefes de estado de menor anchura y altura corporal que las medidas que se piden en un perfil de Tinder: Lula ganó las últimas elecciones en Brasil mientras su físico había sido duramente probado por la prisión y la enfermedad y uno de los más grandes presidentes de los Estados Unidos fue elegido tres veces mientras usaba una silla de ruedas -aunque si, en momentos cruciales usó artilugios para poder mantenerse en pie o caminar unos pasos en público-.

Cuando a algún individuo no favorecido por la naturaleza para encajar en los modelos sociales de belleza física manifiesta ambiciones para acceder y, eventualmente, ganar una contienda electoral enfrentando a los recursos actuales de los medios de comunicación tiene la alternativa de adoptar una postura (novedosa) de persona pública asertiva, que asume su diferencia, apostando por las cartas de la elocuencia, la inteligencia y hasta el humor. Una estrategia ganadora en un momento de tendencias bodypositivas de autoaceptación. Si eso se logra, el éxito parece garantizado.

Eso parece demostrar que nuestra sociedad no es tan superficial sino al contrario. El carisma no es una cuestión de estética. Si la política es un deporte de combate, no es un concurso de belleza, y los votantes esperan de los candidatos sobre todo ideas y proyectos, ética e integridad.




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