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Acostumbrados

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Juan Carlos Ramos León.

Se dice que si se coloca a una rana dentro de una olla con agua a temperatura ambiente y ésta se va calentando poco a poco hasta hervir, la rana no percibe el cambio que se va dando en la temperatura y termina por morir cocinada casi sin darse cuenta.

 

Algo similar nos pasa a los seres humanos con un montón de cosas. Vivimos como en piloto automático. Actuamos por costumbre tal cual. Ni siquiera por instinto, por costumbre. Muchas veces ya ni nos cuestionamos el por qué de nuestra conducta y en ocasiones ni llegamos a preguntarnos ya si podría existir un modo distinto de hacer algo. Solo lo hacemos de la forma como estamos acostumbrados.

 

Y no es que la costumbre sea mala. A veces hasta educamos a nuestros hijos diciéndoles “acostúmbrate a hacer las cosas así” o “acostúmbrate a hacer esto”. Les enseñamos “buenas costumbres”, eso es. Y las buenas costumbres son patrones de conducta que, en efecto, debemos de vivir y enseñar, predicando con el ejemplo. Cuando deseamos entablar lazos de amistad con alguien procuramos que se trate de una persona o una familia que practique esas buenas costumbres, es decir, que viva de manera similar a como lo hacemos nosotros.

 

En suma, acostumbrarse a hacer el bien es deseable. Pero también hay que caer en la cuenta de que la costumbre puede llegar a aniquilar la iniciativa, el ingenio y la capacidad de soñar. La costumbre es algo que toma del cuello a la intención de hacer algo nuevo, diferente, y lo asfixia para que no prospere. Y es como esos implementos que se colocan a los caballos en los campos para que no miren hacia los lados y se enfoquen en seguir un camino previamente trazado.

 

Los grandes inventores e investigadores son el mejor ejemplo de que vale la pena salirse del cuadro de la costumbre para entrar en el mundo de la magia donde cosas increíbles suceden, donde se gestan, la mayoría de las veces, nuevas y muy interesantes formas de hacer las mismas cosas.

 

¿A qué se ha acostumbrado usted?

 

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