

¿Se trata simplemente de una ilusión? ¿O realmente el cerebro humano experimenta el paso del tiempo de forma diferente a medida que envejecemos?
¿En qué momento se fue el tiempo?, es una pregunta que tarde o temprano todos nos hacemos. Pocas preguntas como esta describen mejor una sensación que todos compartimos. Si apenas hace unos días celebramos Año Nuevo y hoy ya estamos pensando en el siguiente cumpleaños, las vacaciones o peor aún en que otro año está por terminar. De niños contábamos los días para que llegara Navidad; de adultos contamos los años que parecen escaparse sin pedir permiso. Esto no es una simple sensación, tampoco es nostalgia, la ciencia tiene una explicación.
¿Se trata simplemente de una ilusión? ¿O realmente el cerebro humano experimenta el paso del tiempo de forma diferente a medida que envejecemos? Los estudios científicos llevan muchos años intentando responder estas preguntas, hoy día no existe una explicación única. Si hay varias teorías que ayudan a comprender este curioso fenómeno.
La primera explicación se refiere a la proporción del tiempo vivido. Un año representa una fracción muy distinta de nuestra vida de acuerdo con la edad que tengamos. Para un niño de cinco años, un año es igual al 20% de toda su existencia, es una parte enorme de su trayecto vital; mientras que, para una persona de cincuenta años, ese mismo año representa el 2%. Aunque nuestro reloj mida exactamente el mismo tiempo, nuestra percepción es diferente porque cada año ocupa un espacio significativamente menor en nuestra historia de vida personal.
Otra explicación tiene que ver con la cantidad de experiencias nuevas que vivimos los seres humanos; nuestro cerebro se enfoca especialmente en lo desconocido. Aprender a caminar, ingresar a la escuela, hacer amigos o visitar un lugar por primera vez, hace que se formen numerosos recuerdos ricos en detalles. Esa abundancia de recuerdos hace que, al mirar hacia atrás, ese periodo parezca lleno de acontecimientos. En la etapa adulta ocurre lo contrario, la rutina domina muy buena parte de nuestros días; despertamos a la misma hora, recorremos el mismo trayecto hacia el trabajo, realizamos actividades similares y durante años repetimos hábitos y rutinas. Dado que nuestro cerebro ya conoce nuestros patrones de comportamiento, dedica menos recursos para registrarlos a detalle; aunque hayan transcurrido varios días, el resultado es que al recordar ese periodo parece que “no ocurrió gran cosa”.
Recientes estudios científicos en neurociencia han encontrado que la velocidad con la que el cerebro procesa la información cambia con la edad. Visto de esta manera, durante la infancia y la juventud, nuestro sistema nervioso procesa grandes cantidades de nuevos estímulos; a medida que envejecemos, este procesamiento se vuelve más eficiente, pero también menos intenso. Los resultados de estas investigaciones plantean que esta disminución en la cantidad de información nueva que se procesa puede contribuir a nuestra sensación de que el tiempo transcurre con mayor rapidez.
Sin embargo, la buena noticia es que nosotros podemos influir, al menos en parte, en nuestra percepción del tiempo. Estudios científicos sugieren que el hecho de incorporar nuevas experiencias mucho ayuda a que los meses parezcan más largos cuando los recordamos. Viajar, practicar un instrumento musical, conocer personas diferentes, leer sobre temas desconocidos, aprender un idioma o simplemente cambiar la rutina habitual de nuestra vida cotidiana, obliga al cerebro a crear nuevas conexiones y generar recuerdos más enriquecedores.
Asimismo, resulta muy práctico disminuir por instantes el ritmo frenético de nuestra diaria vida, practicar la atención plena; dedicar tiempo a actividades que nos absorban de forma positiva, caminar, cocinar, conversar sin prisas, contemplar un paisaje o disfrutar de un libro. Cuando prestamos verdadera atención a lo que vivimos, el tiempo deja de escapar sin dejar huella.