

Huberto Meléndez Martínez.
Atender las necesidades económicas, académicas y sociales de los alumnos, aseguran la permanencia en la escuela.
Al Mtro. José Pelayo Flores y sus colegas, por su corazón generoso.
Ricardo esperaba impaciente la llegada de la maestra Rosy Gaspar y en cuanto vio llegar en su automóvil, se acercó a informarle algo que lo tenía inquieto desde la noche anterior.
Era un chico muy delgado, de una talla menor al promedio de su edad, con cierto grado de introversión, tal vez porque era huérfano y, aunque vivía con su abuela, quizá su subconsciente reaccionaba de esa manera a sus limitaciones familiares
En esa última semana fue experimentando un sentimiento desconocido. Cada vez estaba más contento por ir a la escuela.
“Traigo todas las tareas, profesora, todas”. Henchido de orgullo, presumiendo su deber, como cuando un alumno estudia para un examen, llega ansioso a sustentarlo.
La maestra con su sonrisa que inspiraba confianza, emitió un halago en reconocimiento.
– “No la voy a poner en vergüenza delante sus demás compañeros”, sentenció el chiquillo.
Había empezado el ciclo y era notorio su atraso académico, por lo que había sido detectado por la Trabajadora Social Josefina Ocampo y Ricarda Hernández, Orientadora Educativa de la escuela.
Del análisis de las calificaciones existentes en el certificado de primaria empezaron a hacer visitas en los domicilios para verificar los datos del estudio socioeconómico. Era una escuela grande, de aproximadamente ochocientos alumnos en el turno matutino y unos setecientos en el vespertino. La cifra era alarmante, cerca de cien muchachos por grado manifestaban mayores limitantes para continuar en la escuela.
Entregaron información al Director, Tomás Jiménez Gómez, quien citó a asamblea de personal. Debía hacerse algo para mantener la matrícula y tener un mayor número de aprobados.
Quince mentores de manera voluntaria aceptaron uno, dos y hasta cuatro adolescentes a los que se les daría un seguimiento puntual en el cumplimiento de las tareas.
En la hora del receso la mayoría de los escolares aprovechaba para tomar su lonche, salvo algunos chicos que solamente llevaban un envase con agua.
Se consiguió que la encargada de la Cooperativa Escolar preparara adicionalmente algunas tortas y agua de frutas, que se distribuían entre estos muchachos. En los primeros meses el costo lo pagaron los Maestros voluntariamente, luego se acordó que fuera aportación a cargo de la misma cooperativa.
Muy pronto empezaron a manifestarse buenos resultados.
Los alimentos eran modestos: morisqueta con dos o tres tacos dorados encima; eventualmente se les complementaba con verduras como col, lechuga y aderezos como crema o mayonesa. Para muchos fue una ayuda importante incluso en cuestiones de salud.
La mayoría de los adolescentes respondió positivamente y el colectivo escolar implementó esa política en los años siguientes instituyéndose con la siempre generosa colaboración de los trabajadores de las diversas áreas del plantel.
Ricardo fue adquiriendo seguridad, aprobó a segundo grado, en tercero se graduó entre los cinco primeros lugares de aprovechamiento general.
En Escuela Secundaria “Lázaro Cárdenas”, de Las Guacamayas, Michoacán, sigue dándose ejemplo de atención al alumnado de la mayor adversidad económica, académica y social.