

Gerardo-Luna-Tumoine-2024-Opinion
Estamos acostumbrados a pensar que la felicidad es una meta. Creemos que llegará cuando consigamos algo más.
Ayer recibí la noticia del fallecimiento de Robert Thurman, uno de los más reconocidos estudiosos del budismo tibetano en Occidente y amigo cercano del Dalai Lama.
La noticia me hizo volver inevitablemente a un momento que viví el año pasado en Dharamsala, al norte de la India, donde reside el Dalai Lama. Mi hijo David y yo tuvimos la oportunidad de conversar con él en varios momentos. Incluso conservamos algunos videos y fotografías de aquellos encuentros.
Fue una de esas coincidencias que la vida pone en nuestro camino sin previo aviso. No se trató de una larga convivencia ni de una amistad de años. Fueron apenas unos momentos. Sin embargo, hay encuentros que duran poco tiempo y permanecen toda la vida.
Durante aquellas conversaciones nos compartió parte de su experiencia, de su vida y, entre tantas enseñanzas, me dijo una frase sencilla, pero profunda:
“La sabiduría es felicidad.”
Confieso que en aquel momento la escuché como quien recibe una idea interesante. Ahora que ya no está entre nosotros y que tuvo una muerte apacible, la comprendo de otra manera.
Estamos acostumbrados a pensar que la felicidad es una meta. Creemos que llegará cuando consigamos algo más: un mejor trabajo, una casa, un viaje, reconocimiento o éxito. Vivimos persiguiendo algo que parece estar siempre un poco más adelante.
Pero Thurman planteaba algo distinto.
Quizá la felicidad no sea una meta, sino una consecuencia.
La consecuencia de aprender a vivir con sabiduría.
La sabiduría nos ayuda a distinguir entre lo importante y lo urgente. Nos enseña a aceptar aquello que no podemos cambiar y a concentrarnos en aquello que sí depende de nosotros. Nos recuerda que el resentimiento pesa más que la ofensa, que muchas preocupaciones nunca suceden y que gran parte del sufrimiento proviene de nuestra manera de interpretar las cosas.
He conocido personas con grandes riquezas que viven inquietas y otras con muy poco que irradian serenidad. La diferencia no siempre está en lo que poseen, sino en la manera en que entienden la vida.
Quizá por eso la sabiduría tiene tan mala publicidad en nuestro tiempo. Vivimos rodeados de información, pero no necesariamente de comprensión. Sabemos muchas cosas, pero pocas veces nos detenemos a preguntarnos qué vale realmente la pena.
Con los años he descubierto que algunos de los maestros más importantes aparecen de forma inesperada. A veces llegan a través de un libro. Otras mediante una conversación. En ocasiones se presentan en forma de una persona que encontramos en el camino y que, sin saberlo, deja una huella duradera.
Robert Thurman fue una de esas personas.
Compartimos apenas unos momentos, pero fue suficiente para dejar una reflexión que hoy cobra un significado especial.
La vida está hecha de encuentros. Algunos duran décadas; otros apenas unos minutos. Pero no es el tiempo lo que les da valor, sino la huella que dejan. Hay personas que aparecen en nuestro camino para recordarnos algo esencial y después continúan su viaje.
Quizá esa sea una de las formas más discretas de la inmortalidad: seguir enseñando aun después de haber partido.
Hoy, al recordarlo, vuelvo a escuchar aquella frase pronunciada con serenidad en las montañas del Himalaya:
“La sabiduría es felicidad.”
Y pienso que tal vez la verdadera felicidad no consiste en tener más, sino en comprender mejor. No en acumular experiencias, sino en aprender de ellas. No en conquistar el mundo, sino en conocernos un poco más a nosotros mismos.
Gracias, Robert, por aquellas conversaciones.
Quizá el mejor homenaje que podemos rendir a quienes nos enseñaron algo valioso no sea recordarlos solamente, sino poner en práctica aquello que nos compartieron.
Tal vez valga la pena preguntarnos hoy: ¿qué decisión tomaríamos de manera diferente si actuáramos con más sabiduría? ¿Qué preocupación podríamos soltar? ¿Qué resentimiento podríamos dejar atrás? ¿A quién podríamos escuchar con más atención?
Si Robert Thurman tenía razón, entonces la felicidad no es algo que debamos buscar desesperadamente. Es algo que aparece cuando aprendemos a vivir con un poco más de sabiduría.