

Gerardo-Luna-Tumoine-2024-Opinion
Solemos creer que una vocación termina cuando concluye una etapa de la vida. No siempre es así.
Hay encuentros que duran apenas unos minutos, pero dejan reflexiones para toda la vida.
Corría 1990. Yo era sacerdote en la parroquia de Cañitas de Felipe Pescador, Zacatecas. Aquella tarde regresaba de celebrar misa en Estación Gutiérrez. Venía cansado, empolvado y con hambre. Quienes conocen aquella región saben que el viento y la tierra semidesértica suelen acompañar cada trayecto.
Como era costumbre, llegué a comer a “La Fonda de Doña Lola”, un lugar sencillo y entrañable ubicado junto al andén de la estación del ferrocarril. En aquellos años todavía pasaba el tren de pasajeros que recorría la ruta entre la Ciudad de México y Ciudad Juárez. Cañitas era una estación importante; el tren permanecía cerca de media hora y la estación se llenaba de movimiento, vendedores, viajeros y conversaciones que iban y venían con el silbato de la locomotora.
Al entrar me llevé una sorpresa: sentado en una mesa estaba Manolo Martínez.
Para quienes crecimos admirando la fiesta brava, su nombre era sinónimo de arte, valor y elegancia. Lo había visto torear en numerosas ocasiones en Zacatecas, tanto en la antigua Plaza San Pedro como en la Monumental. Como muchos aficionados de mi generación, lo consideraba una auténtica figura del toreo mexicano.
Me acerqué a saludarlo, me presenté como el sacerdote del lugar y, con una sencillez que me sorprendió, me invitó a compartir la mesa. Acepté gustoso la invitación y me senté a conversar con quien durante tantos años había admirado desde los tendidos.
Mientras degustábamos un cocido de res, me comentó que venía de la ganadería San Antonio de Triana, por los rumbos de Guadalupe de las Corrientes, en el municipio de Villa de Cos. Me habló de toros, encierros y de la ganadería de su suegro, en la que ya participaba como propietario. Incluso me compartió que impulsaba su propio proyecto ganadero.
Aquello me llamó profundamente la atención.
Había dejado los ruedos. Pero no había dejado los toros.
Su pasión simplemente había encontrado otra forma de manifestarse. Platicamos cerca de media hora. Hablamos de Zacatecas, de la vida y, por supuesto, de la fiesta brava. Al despedirnos me regaló un abrazo cálido y sincero. Nunca volví a verlo.
Con los años comprendí la enseñanza que me dejó aquel encuentro.
Las verdaderas vocaciones no se jubilan.
Solemos creer que una vocación termina cuando concluye una etapa de la vida. No siempre es así.
El maestro deja el aula y sigue enseñando.
El médico se retira y continúa sirviendo.
El artista abandona los escenarios y continúa creando.
El padre sigue siendo padre aunque sus hijos formen su propia familia.
El torero deja los ruedos, pero continúa soñando entre toros y ganaderías.
Y el sacerdote deja el ministerio, pero no la vocación de servir. Pregúntenmelo a mí.
Aquella tarde entendí, sin saberlo, que la pasión auténtica no desaparece; simplemente cambia de escenario. Quizá esa sea una de las lecciones más importantes de la madurez.
Aceptar que la vida está hecha de etapas. Que unas veces nos corresponde estar en el centro del ruedo y otras detrás de la barrera. Que unas veces somos protagonistas y otras consejeros. Que unas veces sembramos y otras contemplamos lo sembrado.
Lo importante no es el lugar que ocupamos. Lo importante es conservar vivo aquello que nos mueve por dentro.
Hoy pienso que la gran enseñanza que me dejó Manolo Martínez no fue una lección sobre toros.
Fue una lección sobre la vida.
Aquel momento me hizo, descubrir que los seres humanos no dejamos de ser quienes somos cuando cambia nuestro oficio, nuestra edad o nuestras circunstancias. Simplemente aprendemos nuevas maneras de seguir siendo auténticos a un acto de servicio.
Sin embargo, después de más de tres décadas, sigo viendo aquella escena con absoluta claridad: el humo del cocido, el ruido lejano del tren, el polvo del camino y a Manolo Martínez hablándome de toros con la misma pasión con la que durante años habló con el capote en las manos.
Quizá por eso sigo recordando aquella tarde. Porque los escenarios cambian, los aplausos terminan y las etapas se transforman.
Sin embargo, los amores profundos permanecen.