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Abstinencia democratizadora

Abstinencia democratizadora

J. Luis Medina Lizalde

   |  16 enero, 2020

José Luis Medina Lizalde
Abstinencia democratizadora

La crisis sucesoria en Morena es inédita, teniendo un líder que todos acatan y que no da el golpe de mano que todos le piden.

La cultura de “partido de estado” es tan arraigada en la clase política que aún quienes la denuncian, la esperan y algunos hasta demandan que el presidente llame a las líderes enfrentadas, Yeidkol Polenski (Comité Ejecutivo Nacional) y Bertha Luján (Consejo Nacional), para que accedan a una solución que ahorre descalabros al partido que ganó la presidencia de la República en su primer intento, pero el presidente tiene claridad respecto a que mientras no se afiance la separación del partido y el Gobierno, la democracia no se consolida y la corrupción seguirá teniendo un venero inagotable.

El sistema político mexicano otorgó al presidente en turno una lista de atribuciones no sustentadas en las leyes que Jorge Carpizo bautizó como “Facultades meta-constitucionales” en un espléndido ensayo, una de esas atribuciones de facto le confiere la condición de jefe del partido en el gobierno mediante la cual quita y ponía dirigentes, y nomina candidatos a veces con ostentación de fuerza.

El proceso de designar candidatos de parte del presidente de la República se denominó “palomeo” o “dedazo” y todos los aspirantes competían entre sí por granjearse la buena voluntad del “mandón” importando poco la aceptación ciudadana y trayectoria, operando una especie de “subrogación” a los gobernadores para que replicarán el esquema en la nominación de candidatos a diputados locales y presidentes municipales.

Un rasgo distintivo del que aspira a recibir la candidatura “de arriba” es que no se necesita de los “de abajo”, de sus compañeros de partido y de la ciudadanía, su condición de sujeto sin pensamiento político propio lo condensa aquella expresión de Fidel Velázquez “el que se mueve no sale en la foto”. Ahora es lo contrario, el que no sale en la foto no cuenta, pero al igual que antes, sin ocuparse de los temas del día de relevancia para la ciudadanía.

Con el paso de los años, se normalizó la usurpación de la voluntad de los miembros del PRI a los que se les redujo a la condición de operadores de decisiones tomadas por el gobernante, inyectándoles auto-estima autoritaria mediante el elogio a la falsa disciplina que en realidad es sumisión, todo ello normalizó la desaparición de la línea fronteriza entre gobierno (de todos) y el partido gobernante (solamente de una parte, la conformada por sus afiliados).

Por primea vez tenemos un presidente que asume consecuentemente el deslinde entre su partido y el gobierno aún a costa de que su creación política sucumba ante la incapacidad de relevo estatutario sin judialización de por medio, algo que como miembro fundador de Morena me angustia y como mexicano convencido de la democracia me alienta.

El centralismo inherente al presidencialismo autoritario se anida en los estados de manera contundente, tanto que la clase política no le cree al presidente cuando dice que no va dar dedazo para nominar candidatos en los procesos electorales que coincidan con su estancia en el poder, pero no lo están midiendo bien, basta recordar como en Puebla puso en humillante descrédito al candidato que quiso ganar apoyo ostentando ser el preferido del presidente para saber que cuando dice una cosa más vale creerle.

Sin valor propio

El político “Chimultrufio”, que como dice una cosa dice otra, es subproducto del presidencialismo generador de reglas de ascenso asociadas a la capacidad de ocultar lo que se piensa mientras no se asume el cargo.
Muchos vieron en el asesinato de Colosio las consecuencias de hablar antes de tiempo, es la apuesta por la contienda sin confrontación de ideas, por el político sin contenido, por el acto sin mensaje, por la confusión de la política con las relaciones públicas.

Otras consecuencias nefastas de la no separación del partido y gobierno es que instaura en automático el derroche de recursos públicos en aras de controlar, aplastar a los no afines y mete al gobernante en la lógica de asegurar “buen trato” (léase impunidad) del sucesor ostentando su papel estelar en la designación.
Entiendo que el presidencialismo tuvo su pertinencia histórica en la República restaurada como lo asumieron los liberales decimonónicos, entiendo que la lucha de las facciones revolucionarios lo tornó inevitable, pero creo que ya el país está emplazado a deshacerse de esta tradición que deja a su paso autoritarismo y corrupción.

Rémoras

Hay una clase política pluripartidista que no quiere renovarse, que no sustenta criterios ni asume definiciones, es una especie en extinción que ignora su destino.

Aunque me duela Morena, celebro la congruencia democratizante del presidente Andrés Manuel López Obrador al decidir no mezclarse, pudiendo hacerlo, en la vida de su partido.

Ya no es como antes.

 

Nos encontramos el jueves en Recreo

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