

Antonio Sánchez González.
Este es el mayor estudio epidemiológico jamás realizado sobre la enfermedad. Unos 2000 investigadores en casi todos los países del mundo han proporcionado datos durante décadas.
Durante más de treinta años, científicos y medios de comunicación han coincidido en la prevalencia de una “epidemia global de obesidad ” y con razón: más de 1000 millones de personas en el mundo se ven afectadas ahora por este grave problema de salud. Sin embargo, un estudio publicado la semana pasada en la revista Nature nos recuerda que, hablando de obesidad existen disparidades muy fuertes entre países, especialmente cuando esas cifras se relacionan con sus niveles de riqueza. Aunque la obesidad está aumentando en los países en desarrollo, se ha estabilizado en la mayoría de los países ricos tras un fuerte incremento.
Este es el mayor estudio epidemiológico jamás realizado sobre la enfermedad. Unos 2000 investigadores en casi todos los países del mundo han proporcionado datos durante décadas, cubriendo a más de 200 millones de personas. Dirigido por una red internacional de científicos que observa riesgos de salud, este enorme trabajo analizó cerca de 4000 estudios publicador por decenas de miles de autores en el periodo de 1980 a 2024. El indicador clave elegido por los investigadores es la velocidad de evolución de la obesidad, es decir, la variación anual en la prevalencia. Este indicador permite distinguir entre países donde la obesidad sigue aumentando y aquellos donde se estabiliza o disminuye. Y entre las primeras cosas que hay que decir es que las trayectorias son muy heterogéneas dependiendo del país y que las afirmaciones previas de una ‘epidemia global’ de obesidad probablemente sean una simplificación excesiva y enmascaran la inmensa diversidad observada entre países.
A escala global, las cifras son alarmantes. Una de cada ocho personas era obesa en 2022 y la prevalencia entre adultos se ha más que duplicado desde 1990, del 6,6% al 15,8%, según la OMS. Entre los niños de 5 a 19 años, incluso se ha cuadruplicado. En los países de Europa Occidental, Norteamérica y Japón, el aumento de la obesidad se ralentizó y luego se estabilizó a partir de los años 2000. El estudio incluso sugiere países -como Francia- con un ligero descenso, especialmente entre los adultos.
Por el contrario, en gran parte de Asia, África, América Latina y el Pacífico, la prevalencia de la obesidad sigue aumentando. No solo la obesidad no se detiene en estos países, sino que ya ha superado los niveles alcanzados en los países ricos y sigue acelerándose. Según datos de la OMS de 2022, las tasas más altas de obesidad se encuentran en algunos estados insulares del Pacífico con niveles de mareo. La tasa de obesidad adulta supera el 75% en Samoa Americana y el 50% en países como Tonga, seguidos por algunos países de Oriente Medio, como Kuwait y Jordania. Estados Unidos es el país occidental más afectado, con un 42% de adultos obesos. Y mucha tinta ha corrido en medios científicos y de información nacionales para describir lo explosivo del fenómeno en México.
Hay muchas causas: la rápida urbanización, el descenso de la actividad física, el auge de los alimentos ultraprocesados y el abandono gradual de las dietas tradicionales (más ricas en cereales integrales, verduras y legumbres). Y en ausencia de políticas de prevención suficientemente sólidas, es probable que el impulso continúe. Lo que parece claro es que necesitamos aprender de los países que han logrado frenar el aumento, utilizando herramientas como impuestos sobre productos azucarados o etiquetado nutricional agresivo.
El estudio también muestra que los países comparables en cuanto a nivel de desarrollo económico pueden tener tasas de obesidad muy diferentes. Aunque la obesidad adulta supera el 25% en Reino Unido, Canadá y Estados Unidos, sigue siendo significativamente menor en Europa Occidental. Los casos de México y nuestro vecino del norte refuerzan la idea de que este contraste se debe principalmente a diferentes políticas alimentarias. En países como Estados Unidos, se ha vuelto más fácil consumir alimentos ultraprocesados y es más difícil acceder a alimentos frescos, saludables y baratos.
De todos modos, es muy alentador ver que muchos países están logrando estabilizar o ralentizar la progresión de la obesidad. Pero algunas de estas tasas siguen siendo demasiado altas, y el aumento entre niños y adolescentes en algunos países es un verdadero llamado a la acción. Lo que realmente marca la diferencia son las decisiones políticas. Debemos hacer que la buena comida sea accesible para todos, gravar con severidad la mala comida.