

Raúl Muñoz Del Cojo.
El Tren Maya y los hoteles administrados por la Secretaría de la Defensa Nacional registraron pérdidas conjuntas por 6,398 millones de pesos durante 2025.
Esta semana comenzó con noticias muy dolorosas originadas en el caribe, donde desafortunadamente para la familia turística, Cuba vive una de las crisis más profundas en la historia reciente, y como personas que trabajamos en hospitalidad, lo que ocurre en la isla nos debe importar, hacer reflexionar, y sobre todo, servirnos de lección.
Desafortunadamente Cuba es un destino que se derrumba en tiempo real y sus números son devastadores. El destino recibió apenas 328,608 turistas internacionales entre enero y abril de 2026, un 55.8% menos que en el mismo período del año anterior. El turismo cubano ha caído un 62% desde 2018, cuando la isla recibía 4.7 millones de visitantes, La ocupación hotelera se sitúa hoy en apenas el 21.5%, con más de ocho de cada diez habitaciones vacías. Cabe aclarar que no es una temporada baja, es el colapso de toda una industria.
Las cadenas internacionales sin ni siquiera reflexionarlo abandonan el barco, el detonante fue la presión de sanciones estadounidenses contra GAESA, el conglomerado militar cubano que controla aproximadamente 110 hoteles y 50,000 habitaciones. Meliá e Iberostar, las dos grandes cadenas españolas, anunciaron el cese o reducción drástica de operaciones. Iberostar dejó de operar sus principales hoteles a partir del 1 de junio de 2026. La canadiense Blue Diamond, que gestionaba 62 establecimientos, también se fue. NH Hotels abandonó la isla. Gaviota clausuró 20 instalaciones en Cayo Santa María, dejando a más de 7,000 trabajadores sin empleo. A las cadenas se sumaron las aerolíneas, al menos 11 compañías suspendieron vuelos en 2026, entre ellas Air Canada, Air France, Turkish Airlines e Iberia. Sin vuelos no hay turistas. El círculo vicioso se cierra solo.
Por si esto fuera poco, las propiedades que aún permanecen abiertas lo hacen en condiciones que cualquier hotelero del mundo consideraría inaceptables. Los apagones de hasta 20 horas diarias interrumpen la cadena de frío, inutilizan los sistemas de aire acondicionado y dejan a los huéspedes en oscuridad total durante horas. Los elevadores no funcionan el agua no sube y en los restaurantes, la crisis alcanza su expresión más humillante: ya no existe una carta. El comensal no elige, come lo que hay. El menú del día no es una decisión gastronómica, es una rendición ante la escasez. Proteínas, lácteos, frutas y vegetales frescos aparecen según lo que llegó ese día, si es que llegó algo. Para un sector que construyó su oferta sobre el concepto de todo incluido, esa realidad representa la negación absoluta de lo que significa hospedar bien. Ante el colapso, el régimen aplicó una estrategia de compactación turística, cerrando hoteles de baja ocupación y concentrando a los turistas restantes en instalaciones seleccionadas. Menos hoteles, menos servicios, para menos turistas.
Y como en toda historia de terror, los que pagan son los que allí viven. Altos funcionarios de la ONU advierten que la situación humanitaria está al límite, con la crisis afectando salud, alimentos, agua y servicios esenciales. La ONU lanzó un llamado de emergencia por 94 millones de dólares para asistir a dos millones de personas, uno de cada cinco cubanos. Se han reportado muertes hospitalarias por falta de generadores operativos. El economista Daniel Torralbas lo resume sin rodeos: “El 2026 es el peor año en la historia económica de Cuba en los últimos 70”. Los analistas más optimistas hablan de entre ocho y quince años para recuperar los niveles de 2018.
Y aquí es donde la historia de Cuba nos obliga a mirar hacia casa con honestidad porque el error de poner la industria turística en manos de quienes tienen otro perfil profesional no es exclusivo de la isla. En México tenemos nuestro propio espejo: el Tren Maya.
El Tren Maya y los hoteles administrados por la Secretaría de la Defensa Nacional registraron pérdidas conjuntas por 6,398 millones de pesos durante 2025. En el primer trimestre de 2026, las pérdidas superaron los 2,283 millones de pesos, con ingresos que representan apenas la vigésima parte de los costos operativos totales. Reuters reportó estaciones prácticamente vacías; en un trayecto entre Bacalar y Chetumal, menos de 40 pasajeros viajaban en un tren con capacidad para 230 personas. Los hoteles construidos a lo largo de la ruta operan con ocupación mínima, sin la demanda que justifique su existencia.
El problema de fondo no es el tren ni los hoteles. Es que la industria turística y hotelera es una disciplina profesional con sus propias reglas, sus propios mercados y su propia lógica de operación. No se improvisa. No se administra desde un perfil militar ni desde una visión política. Se requiere experiencia sectorial, conocimiento del viajero, gestión de revenue, estrategia de distribución y cultura de servicio. Zapatero a tus zapatos.
Cuba nos enseña adónde lleva mezclar política con hospitalidad. El Tren Maya nos recuerda que la lección aplica también en casa. El turismo, cuando se gestiona bien, es el motor más poderoso de desarrollo regional que existe; pero cuando se gestiona mal, es simplemente un barril sin fondo. La isla es un espejo con una visión muy clara: el turismo no solo es infraestructura y precios competitivos; es confianza, estabilidad y apertura al mundo, lo que nos recuerda que cuando el turista llegue, las luces deberán estar encendidas. Lo dejo a su reflexión.
Hasta la próxima.