

Raúl Muñoz Del Cojo.
El NAICM no era solo un aeropuerto grande. Era un proyecto diseñado para posicionar a México como el nodo estratégico de la aviación en el continente.
Sin dudarlo y a trece días de comenzar, la Copa del Mundo vuelvo a poner sobre la mesa con claridad dolorosa nuestra situación actual. Y aunque el tema lo he tratado varias veces, volveremos al Nuevo Aeropuerto Internacional de México, el NAICM de Texcoco, el proyecto que pudo haber convertido a la CDMX en el hub aéreo más importante de América, mismo que fue cancelado en 2018 cuando llevaba 53% de avance.
El NAICM no era solo un aeropuerto grande. Era un proyecto diseñado para posicionar a México como el nodo estratégico de la aviación en el continente. Su objetivo era consolidar a la Ciudad de México como una verdadera capital de la aviación en América Latina, capaz de atraer un flujo comercial sin precedentes y detonar el crecimiento económico del país. La posición geográfica de México es privilegiada de una manera que pocos países del mundo pueden presumir: Ciudad de México está a cuatro horas de Nueva York, a tres de Los Ángeles, a diez de Madrid y a doce de Tokio. Con un aeropuerto de clase mundial en Texcoco, México habría sido el punto de escala natural para millones de pasajeros que hoy conectan en Miami, Houston o Toronto.
Para dimensionar lo que perdimos como nación, basta mirar a Turquía. En 2018, el mismo año en que México canceló su nuevo aeropuerto, Estambul inauguró el suyo. Construido en solo cinco años con un presupuesto de 22,000 millones de euros; diseñado con una terminal única de 1.4 millones de metros cuadrados y capacidad inicial de 90 millones de pasajeros anuales, ampliable hasta 200 millones. En 2025 atendió 84.5 millones de pasajeros, convirtiéndose en el segundo aeropuerto más transitado de Europa. Hoy sirve a 330 destinos y proyecta una capacidad final de 200 millones de pasajeros anuales.
Pero lo más poderoso del aeropuerto de Estambul no son sus cifras de tráfico, es lo que representa para Turquía como nación. Desde el momento en que un pasajero aterriza, el aeropuerto es una declaración de identidad: cuenta con exhibiciones de arte y arqueología turca para viajeros en tránsito, tiendas con productos locales y gastronomía regional disponible incluso antes de abandonar la terminal. Los pasajeros de clase ejecutiva acceden a estaciones de cocina en vivo que preparan especialidades al momento, con café turco elaborado en vasijas de cobre y té negro servido en vasos con forma de tulipán. Turquía entendió que un gran aeropuerto no es solo infraestructura: es la primera y última imagen que el mundo tiene de ti.
Imagine lo que México pudo haber hecho con esa plataforma. Un hub de América con tacos, mezcal, artesanías, música en vivo, arte popular y la gastronomía reconocida por la UNESCO como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Una vitrina de decenas de millones de pasajeros al año para contarle al mundo quiénes somos. Esa oportunidad también se perdió.
Con la cancelación, la versión oficial habló de corrupción y sobrecostos. Pero los números reales cuentan una historia mucho más costosa. La Auditoría Superior de la Federación determinó que los costos de la cancelación ascendieron a 331,995 millones de pesos, cifra que el gobierno entonces minimizó al estimar solo 100,000 millones. Y eso no es todo. Aún se deben 4,200 millones de dólares en bonos vigentes hasta 2047, deuda que los mexicanos seguiremos pagando por más de veinte años. El AICM debe cubrir aproximadamente 200 millones de dólares al año para honrar esa deuda con bonistas internacionales, dinero que sale de la Tarifa de Uso de Aeropuerto que paga cada pasajero al volar.
Una investigación del Centro de Estudios Espinosa Yglesias reveló que la decisión se sustentó en un estudio de apenas 57 páginas que carecía de conclusiones definitivas. No fue una decisión técnica. Fue una decisión política muy torpe y caprichosa.
Y aquí llegamos al hoy. Las obras de remodelación del AICM no estarán concluidas para el inicio del Mundial, como la presidenta lo prometió, y los trabajos se suspenderán entre el 31 de mayo y el 31 de julio. Pero más allá de las obras, hay una crítica estructural que no puede ignorarse: el AICM opera con un techo máximo regulatorio de apenas 44 operaciones de aterrizaje y despegue por hora, un límite impuesto por las restricciones del espacio aéreo del Valle de México. Con el Mundial, el aeropuerto proyecta alcanzar cerca de 50 millones de pasajeros anuales, lo que lo llevaría a operar prácticamente en su máxima capacidad. Durante la remodelación, además, se descubrieron daños estructurales en al menos 28 módulos repartidos en ambas terminales, que han requerido apuntalamientos imprevistos con más tiempo y recursos.
Dicho de manera directa: el aeropuerto más importante de México tiene un techo de capacidad que no crece, una infraestructura envejecida que sorprendió con sus daños ocultos, y una deuda de cancelación que pagará hasta el año 2047. Todo eso como consecuencia de una decisión tomada en 2018 solo por dar un manotazo en la mesa.
Si el NAICM no se hubiera cancelado, hoy estaríamos inaugurando el Mundial con el hub de América. En cambio, tenemos un aeropuerto al límite de su capacidad al que se le están cambiando los pisos. Eso es lo que costó aquella decisión, misma que seguiremos pagando por muchos años más; sin dudarlo ese es el México surrealista en el cual vivimos.
Hasta la próxima.