

Raúl Muñoz Del Cojo.
Pato Merlín, el fenómeno viral más inesperado del Mundial 2026, nos demuestra la diferencia entre lo que se construye de verdad y lo que se fabrica detrás de un escritorio.
En esta ocasión y probablemente con un tema no tan turístico, quiero comentar con usted algo que podría sonar frívolo y hueco, pero la realidad es que de lo que hablaré, se perfila a ser una de las lecciones más claras y profundas que este Mundial 2026 ha dejado hasta el momento. Me refiero al Pato Merlín, el fenómeno viral más inesperado del torneo, y a lo que su joven historia nos comenta, nos demuestra la diferencia entre lo que se construye de verdad y lo que se fabrica detrás de un escritorio.
Merlín es un pato de dos años que llegó a su familia como un regalo de una clienta luego de sufrir la pérdida de otra mascota. Sus dueños, Carla Gómez y su hijo Cristian, lo llevan consigo en su jornada laboral vendiendo bebidas en el centro de la Ciudad de México. Es común verlo en zonas icónicas como la Alameda Central, el Palacio de Bellas Artes y la plaza del Zócalo, donde interactúa con los transeúntes.
Lo que nadie planeó es lo que ocurrió después. Sus dueños aclararon que la camiseta de la selección mexicana no fue una estrategia para llamar la atención, Merlín simplemente apareció en la calle, con su casaca verde y unos curiosos calcetines el día del partido inaugural; así de sencillo, el mundo entero lo adoptó en cuestión de horas. Este peculiar personaje recibió un pasillo de honor de los voluntarios mundialistas y la FIFA lo contactó para sesiones fotográficas y comerciales. Y mientras los organizadores del evento gastaban millones en estrategias de posicionamiento, un pato de una de esas familias que caracterizan a nuestro país por su trabajo en una de las zonas de la ciudad de los palacios, se convirtió en la cara más querida del Mundial. Nótese ante este gigante de mercadotecnia que es la copa del mundo, que hay cosas que ni se fabrican ni inventan, simplemente fluyen.
El contraste con lo que sí fue planeado es casi doloroso. Las mascotas oficiales son Zayu por México, Maple por Canadá y Clutch por Estados Unidos y lo reto a preguntar a cualquier persona en la calle sus nombres; la respuesta, con alta probabilidad, será un silencio incómodo. No dudo que son personajes correctos, bien diseñados, políticamente inofensivos y tristemente sin eco en la memoria colectiva.
El Gobierno de la Ciudad de México intentó su propia apuesta para entrar a la fiesta, presentaron a “Ajologol”, personaje inspirado en el anfibio que forma parte del ecosistema de los canales de Xochimilco como mascota representativa de la capital; lo integraron en campañas urbanas, transporte público y estrategias promocionales. Desafortunadamente para el gobierno capitalino es que el ajolote nunca fue reconocido por la FIFA como mascota oficial del Mundial, y el IMPI tuvo que aclarar públicamente que su presencia era parte de la imagen institucional del gobierno capitalino, no del torneo. Esto creó confusión, se generó un personaje por decreto y el resultado fue exactamente lo que ocurre cuando alguien intenta forzar un símbolo popular: la gente lo ignora y busca lo que le llegue al corazón.
Tuvimos también una canción. La Secretaría de Cultura del Gobierno de México presentó como himno mundialista una versión de “La Niña Futbolista”, interpretada por Julieta Venegas. Lo que comenzó como una iniciativa para impulsar la participación de niñas en el fútbol, terminó convirtiéndose en uno de los temas más rechazados en redes sociales, porque los aficionados consideraron que no representaba el espíritu de una canción mundialista. La polémica fue tan intensa que los comentarios del video oficial en YouTube tuvieron que ser desactivados ante la masiva respuesta negativa.
El mensaje de la canción es noble y el problema nunca fue Julieta Venegas; el problema fue presentar en conferencia de gobierno, con todo el peso institucional encima, algo que debía nacer espontáneo y festivo. Le recuerdo que lo que se impone raramente se adopta. Lo que surge solo, como Merlín caminando por el Zócalo, se vuelve patrimonio de todos.
Y esto me lleva a un tema más amplio que como mexicano me incomoda reconocer pero que no podemos seguir evitando: la tendencia de querer representar nuestra cultura ante el mundo con una capa de folklore de vitrina que a veces suena tan forzado como artificial. El Cielito Lindo es una canción hermosa con historia real. Pero cuando se entona de manera sistemática y casi obligatoria cada vez que México necesita “mostrar su alma” ante visitantes extranjeros, deja de ser expresión cultural y se convierte en disfraz. El turista internacional que viene al Mundial no quiere ver una postal de México diseñada por un comité de comunicación. Quiere encontrarse con lo mismo que encontró en Merlín: algo verdadero, algo inesperado, algo que no estaba en ningún folleto.
México tiene una riqueza cultural tan vasta, tan diversa y tan viva que reducirla a los mismos tres o cuatro íconos de siempre no es un homenaje a nuestra identidad: es un empobrecimiento de ella. Tenemos 68 lenguas originarias, gastronomía reconocida por la UNESCO, música de decenas de regiones, artesanías de una complejidad extraordinaria y una creatividad callejera que el mundo admira precisamente porque surge sola, sin que nadie se la encargue a una secretaría.
Para quienes trabajamos en los servicios turísticos y la hospitalidad, esta historia tiene una aplicación directa. La autenticidad no se puede decretar ni presupuestar. El turista de hoy, especialmente el internacional, tiene un radar muy fino para detectar cuándo algo es genuino y cuándo es una campaña de marketing disfrazada de identidad cultural.
Merlín para fortuna nuestra, salió de una familia trabajadora. Eso es lo que el mundo quiere ver cuando nos visita: la vida real de un país extraordinario expresándose con libertad. Sus dueños sabían desde el principio que habría magia, el resto de nosotros debería aprender de ese pato la lección más valiosa de este Mundial: lo mejor de México no necesita que nadie lo invente, solo necesita que lo dejemos ser.
Hasta la próxima.