

Raúl Muñoz Del Cojo.
Y llegan las odiosas comparaciones. Mientras México dejaba toneladas y toneladas de basura en sus calles, en el Estadio Monterrey los aficionados japoneses sacaron bolsas azules y recorrieron las tribunas recogiendo residuos ajenos.
Revisando los medios informativos internacionales, encontré similitud en varias notas en las que se hablaba de la excelente anfitrionía y calidez nacional con motivo del mundial. Me llamó la atención que varias de estas agencias comentaban que esta edición de la copa debió celebrarse solo en México. Sin dudarlo le comento que estamos viviendo un mundial extraordinario ya que nuestra selección ha dado motivos reales de alegría; pero, al final de cada encuentro, lo que ocurre en nuestras calles es una historia diferente que debemos observar con claridad.
Previo a tocar el tema de hoy, quiero decir algo que siento con convicción: la afición mexicana es, sin duda alguna, una de las más apasionadas, generosas y vibrantes del planeta. Lo que se vive en las calles de México durante cada partido del Tri no tiene comparación. El ambiente que se respira en el Ángel de la Independencia, en el Zócalo, en el Paseo de la Reforma o en cualquier plaza de cualquier ciudad del país cuando juega la selección es genuino, espontáneo y contagioso. Surge solo, porque así somos los mexicanos: ruidosos, festivos, solidarios y apasionados hasta los huesos.
Y eso que vemos en las calles cada noche de partido es, en cierta manera, un reflejo fiel de nuestra vida cotidiana: la música que sale de cada casa, el vecino que comparte su comida, el desconocido que abraza a otro cuando entra un gol. En ese ambiente formidable, en esa energía que el mundo nos envidia, está lo mejor de nosotros. Esos son los detalles que el mundo debe saber de México.
Los festejos de los encuentros anteriores han concentrado a cientos de miles de personas en el Ángel, Reforma y el Zócalo; en los Fan Fest y en las plazas emblemáticas de nuestras principales ciudades. Sin embargo, al día siguiente, los servicios de limpieza retiraron cientos de toneladas de residuos. Botellas, envases, latas y cajas de cartón por kilómetros. Un millón de personas que celebraron y se fueron, dejando a otros la tarea de limpiar lo que ellos ensuciaron. Así fue la primera ronda, siempre desbordada en alegría.
Llegó la segunda y nuestros jugadores abatieron a un Ecuador fuerte, donde el Ángel como testigo, reunió a más de un millón de fanáticos embriagados de victoria. Pero nadie contempló que esta vez la fiesta tuvo un costo que ningún partido debería tener: cuatro personas perdieron la vida. Tres murieron por asfixia y el cuarto no respondió a los servicios de emergencia. Pero eso no es todo, más de 1,600 personas requirieron atención médica por contusiones, heridas, fracturas e intoxicación etílica. Ojo: cuatro personas que salieron a festejar a su selección no regresaron a casa; eso no es un dato estadístico, es sin dudarlo una tragedia que ninguna victoria puede compensar.
Y aquí es donde tengo que ser muy directo, porque lo que estamos viendo no es un problema de operativo ni de seguridad, es el resultado lógico y previsible de décadas de abandono en dos frentes que a los gobernantes de este país parecen no importarles lo suficiente: la educación y el civismo.
México ocupa uno de los últimos lugares entre los países de la OCDE en comprensión lectora, matemáticas y ciencias. Pero más allá de los rankings, lo que verdaderamente nos falta no se mide en exámenes: se mide en la calle, en el respeto al espacio público. En la conciencia de que lo que es de todos nos pertenece a cada uno. En saber que celebrar con pasión no significa destruir lo que otros construyeron. Ninguno de esos valores se enseña hoy con la seriedad y la constancia que requieren y los gobiernos que prefieren inaugurar obras visibles antes que invertir en formación ciudadana, están sembrando exactamente lo que estamos cosechando: basura en las calles y muertos en los festejos entre muchas cosas más.
Esa gran cantidad de basura no apareció sola, las cuatro muertes por asfixia no fueron un accidente inevitable, son el resultado natural de generaciones a las que nadie les enseñó, con firmeza y con ejemplo, que el espacio que compartimos nos define como sociedad.
Y llegan las odiosas comparaciones. Mientras México dejaba toneladas y toneladas de basura en sus calles, en el Estadio Monterrey los aficionados japoneses sacaron bolsas azules y recorrieron las tribunas recogiendo residuos ajenos. El gobernador de Nuevo León dispuso 20,000 bolsas porque los japoneses las habían solicitado previamente. Ken Okawa, de 30 años, lo explicó así: “Somos invitados en México. Me han tratado de maravilla, así que esta es mi manera de mostrar agradecimiento.” Esta práctica japonesa se llama “gomi hiroi” y se aprende desde la infancia en escuelas donde los propios alumnos limpian sus aulas como parte natural de su formación. El entrenador Moriyasu fue contundente: “Muchos ciudadanos saben que al irse deben dejar el lugar mejor que cuando llegaron.” Eso no es genética, es educación. Y la diferencia entre Japón y nosotros no está en el fútbol: está en el salón de clases y en los valores como se nos educa.
México tiene la mejor afición del mundo, esto es real y nadie nos lo puede quitar. Pero también dejamos toneladas de basura por victoria y dejaron de existir cuatro personas por nuestra manera de comportarnos. Mientras los gobernantes sigan mirando hacia otro lado en materia de educación y civismo, seguiremos teniendo las mismas fiestas extraordinarias y las mismas mañanas devastadoras. La solución no está en más operativos ni controles, está en nuestra educación pública y familiar, pero principalmente en la voluntad política de tomarlo en serio de una vez por todas.
Dejo a su reflexión ¿Cuál es el México que queremos para nosotros y para los ojos de todo el mundo?
Hasta la próxima.