

Raúl Muñoz Del Cojo.
Colonia del Sacramento es un destino que no grita. Tiene algo mucho más valioso que grandes atracciones, su autenticidad.
Como generalmente lo hago, en esta ocasión compartiré con usted algo muy sencillo sobre destinos que merecen ser contados. Esta semana tuve la oportunidad de estar en un lugar que no olvida quien lo visita. Me refiero a Colonia del Sacramento, en Uruguay, una ciudad que en unas pocas calles de piedra y silencio concentra más historia, más belleza y más misterio que muchos destinos que ocupan portadas de revistas de viaje.
Pero antes de llegar a Colonia, me tomaré unas líneas para decirle el porqué del nombre de ese país. La República Oriental del Uruguay recibe su nombre gracias al río Uruguay, que en lengua guaraní significa aproximadamente “río de los pájaros”. Y el adjetivo “oriental” no tiene misterio geopolítico: simplemente indica que el territorio original de Uruguay se encontraba a la orilla oriental, al lado derecho, del dicho río.
Durante la época colonial se le llamaba la Banda Oriental, diferenciándola del margen occidental donde se asentaba el actual territorio argentino. Cuando el país consolidó su independencia en 1828, adoptó el nombre de República Oriental del Uruguay, conservando ese gentilicio geográfico hasta hoy. Una nación nombrada por un río, y un río nombrado por quienes lo habitaron primero.
Ahora sí, entrando de lleno a Colonia del Sacramento le comento que fue fundada por los portugueses el 20 de enero de 1680 frente a Buenos Aires, a la orilla norte del Río de la Plata. Un dato curioso es que desde ese día, no tuvo paz por casi 150 años.
Lo que hace a esta ciudad absolutamente única es que vivió no una, sino tres independencias distintas. Fue portuguesa, española, brevemente británica, argentina y brasileña antes de convertirse definitivamente en uruguaya en 1828. Pocas ciudades en el mundo tienen la grandeza y la honestidad de celebrar públicamente su historia completa, incluyendo la que vivieron bajo otras soberanías.
Esa historia le valió en 1995 el reconocimiento más importante que puede recibir un lugar: la UNESCO la declaró Patrimonio de la Humanidad. Sus calles empedradas, sus murallas centenarias, sus casas con techos de terracota portuguesa mezcladas con patios de herencia española, y su faro colonial, forman un conjunto que no existe en ningún otro rincón del planeta.
Colonia no se entiende sin Buenos Aires. Las dos ciudades se miran desde orillas opuestas del Río de la Plata, separadas por apenas 50 kilómetros de agua color marrón y unidas por una historia que se remonta al siglo XVII. Desde la capital Argentina, el ferry llega a Colonia en poco más de una hora, una travesía que es en sí misma una experiencia: ver cómo la línea gris porteña se aleja para aparecer en el horizonte la silueta serena de Colonia con su faro viejo, es uno de esos momentos que el viajero siempre guardará en su memoria.
Y estas dos ciudades comparten algo mucho más profundo que la geografía: comparten el tango. Ese baile que nació en los conventillos portuarios del Río de la Plata a finales del siglo XIX no tiene una sola patria. Buenos Aires y Montevideo se disputan su origen con la misma pasión con que se disputan un clásico de fútbol, y ambas tienen razón. El tango es rioplatense, es de los dos lados del agua, el idioma común que hermana a argentinos y uruguayos más allá de cualquier bandera. Caminar por Colonia escuchando a lo lejos una milonga, es entender que algunos lazos culturales son más duraderos que cualquier tratado político.
La Calle de los Suspiros es la más fotografiada de Colonia, con una leyenda que dice que por ella desfilaban los condenados a muerte suspirando ante su destino, y otra, habla de la vida nocturna y los lupanares de cientos de años atrás. Es simple, el estar en el lugar hace volar de miles de formas tu imaginación.
Y ninguna historia sin dudarlo es mejor que la siguiente. En 1958, Josef Mengele, el médico nazi conocido como el Ángel de la Muerte por las atrocidades que cometió en Auschwitz, viajó de incógnito al departamento de Colonia para casarse con la viuda de su hermano en Nueva Helvecia. Se hospedó ocho días hasta que se celebró la boda el 25 de julio. Los testigos de la ceremonia no tenían la menor idea de quién era el hombre cuya firma colocaban junto a la suya. Solo años después, al ver una fotografía en la prensa, reconocieron el rostro. La historia tiene ese peso que solo da la inocencia de quienes estuvieron cerca del horror sin saberlo.
Colonia del Sacramento es un destino que no grita. Tiene algo mucho más valioso que grandes atracciones, su autenticidad. Sus calles, su río, sus tres banderas ondeando al viento (la del Pabellón Nacional que es la bandera actual de Uruguay, la bandera de Artigas y la de los treinta y tres orientales que lleva la frase “Libertad o Muerte”) y esa historia que se superpone en capas, son suficientes para que el viajero que llega en busca de silencio encuentre exactamente lo que buscaba. Los destinos que perduran no son los que invierten más en promoción, son los que tienen una historia tan poderosa que se cuenta sola.
El viajar sin duda enriquece a las personas, pero lugares como este siempre serán un punto de referencia en la historia personal del viaje del momento.
Hasta la próxima.