

Raúl Muñoz Del Cojo.
A las afueras del Estadio, mientras se desarrollaba la inauguración, miles de personas se movilizaron en contra de la realización del torneo.
En esta ocasión y por más que busquemos, del único tema que podemos hablar esta semana es la inauguración del Mundial llevada a cabo en nuestro país este pasado jueves. No dudo que este evento rompió nuevamente records de audiencia, ya que el futbol es seguido por millones de personas alrededor del mundo; pero mientras las cámaras nos mostraron a una pléyade de estrellas celebrando esta fiesta y nuestra selección nos deleitó con un triunfo, a metros del estadio ocurría una realidad diferente, el metaverso de la fiesta.
A las afueras del Estadio, mientras se desarrollaba la inauguración, miles de personas se movilizaron en contra de la realización del torneo. Apenas diez minutos después de iniciado el partido, cientos de personas intentaron superar las vallas de seguridad para ingresar al anillo interior. Algunos portaban bates y palos y lanzaron piedras, bengalas y bombas de humo contra la policía, misma que respondió con gases lacrimógenos. El saldo incluyó personas heridas en cercanías al estadio, en el Fan Fest y durante las manifestaciones.
Dos días antes, más de 100,000 policías, soldados y guardias ya resguardaban el inmueble que albergaría el inicio del campeonato, mientras manifestantes convocados por la CNTE ocupaban las inmediaciones, transformando la zona sur de la capital en un espacio de tensión y vigilancia, detalle que puso en alerta a las autoridades y por supuesto a los poseedores de boletos.
Desafortunadamente, el caos se dio en el transporte público (una de las pocas alternativas para llegar) ya que El Metro de la Ciudad de México cerró nueve estaciones debido a las protestas: San Antonio Abad, Viaducto y Xola de la Línea 2; Universidad de la Línea 3; Pino Suárez de la Línea 1; y Hidalgo, Bellas Artes, Allende y Zócalo de la Línea 2. Imagine ser un turista extranjero que planeó visitar el Zócalo o moverse ese día por la ciudad y se encuentra con las estaciones cerradas sin previo aviso. Aquí le pregunto ¿y nuestros visitantes que culpa tienen?
La terminal del Tren Ligero en Taxqueña registró largas filas, aglomeraciones y empujones, complicados por los filtros de seguridad. Las autoridades recomendaron el Canal de Miramontes como ruta alterna ante los congestionamientos provocados por los manifestantes sobre Calzada de Tlalpan. Se esperaban al menos siete marchas distintas: madres buscadoras, campesinos, transportistas, trabajadores de la salud y la CNTE. Hasta pocas horas antes, existía incertidumbre sobre si la actividad en la Plaza de la Constitución podría realizarse debido a los bloqueos existentes.
Una de las manifestaciones que me llamó la atención fue liderada por las madres buscadoras, activistas que buscan los restos de sus familiares desaparecidos, junto con otros colectivos que protestaban contra la realización del torneo por el conflicto de violencia y narcotráfico en el país.
La lógica no es casualidad. Cuando el mundo entero tiene los ojos puestos en un país, esa atención se convierte en la plataforma más poderosa que cualquier movimiento social puede conseguir. Las madres buscadoras encontraron en esta inauguración la audiencia global que ningún otro día les daría. Lo mismo aplica para la CNTE, que vio en el evento una oportunidad de presión sin precedentes.
Y aquí viene algo que, como hotelero, me parece sintomático del ambiente que se vivió. El partido inaugural se disputó ante gradas totalmente huérfanas de jefes de Estado: ni Donald Trump, ni Mark Carney, ni la propia presidenta Claudia Sheinbaum asistieron. Por primera vez en la historia mundialista de México, tras la asistencia de Díaz Ordaz en 1970 y de la Madrid en 1986, un jefe de Estado no encabezó la inauguración.
Sheinbaum había anunciado meses antes que regalaría el boleto número uno, obsequio de la FIFA, a una joven sin recursos para que pudiera vivir esa experiencia. La idea original era acompañar al pueblo en el Fan Fest del Zócalo, pero la posibilidad quedó en duda por las protestas de la CNTE. Finalmente, la presidenta vio el partido desde una silla plegable de plástico en el Deportivo Los Galeana, en la alcaldía Gustavo A. Madero, a más de treinta kilómetros del estadio. Dicho lugar estaba lejos de los problemas mencionados, pero también lejos de la ceremonia oficial a la que sí acudieron funcionarios y políticos.
Desde mi óptica, lo que la presidenta evitó con esa decisión es bastante claro: aparecer en un palco, en un momento de altísima exposición mediática mundial, en medio de un clima social tenso, con un alto riesgo de abucheos o de que las cámaras capturaran un contraste incómodo entre la fiesta oficial y las protestas a unos metros. Eligió un espacio controlado, sin riesgo de confrontación pública.
Para quienes trabajamos en hospitalidad, esta jornada deja una lección clara. El espectáculo que vio el mundo fue real y probablemente generó una buena impresión en millones de espectadores, pero la experiencia de quien estuvo físicamente ahí fue otra: estaciones cerradas, calles bloqueadas, gases lacrimógenos y hasta la propia presidenta evitando esta ubicación. México tiene demandas sociales legítimas que no desaparecen con un evento internacional; al contrario, se amplifican. Que tristeza que los que otrora fueron aliados de ellos, se conviertan en monstruos incontrolables de mil cabezas ¿será karma?
La moraleja de la historia es la siguiente: la experiencia del visitante no termina en el estadio, empieza desde que sale de su hotel y termina cuando regresa a él, detalle que por nuestro bien debemos siempre cuidar, le recuerdo que nuestros visitantes no tienen la culpa.
Hasta la próxima.