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Perdidos en Tokio

Perdidos en Tokio

Raúl Muñoz del Cojo

   |  5 octubre, 2019

Perdidos en Tokio

Hoy dedico estas líneas a un viaje que desde hace exactamente 31 años he querido hacer y a mis casi 50 finalmente se concedió. Es muy placentero para su servidor decirle que esta historia comienza en Atlanta, Georgia cuando mis padres tomaron la decisión de mandarme a estudiar inglés y para que aprovechara, decidieron esta ciudad por la poca cantidad de hispano parlantes que había por allá en aquellos ayeres.

Le confieso que no fue nada fácil, la era política de De La Madrid en México no era favorable para ningún estudiante de nuestro país en el extranjero, fue esa época donde si no era nacional no era bien visto, los autos no contaban con ventanas eléctricas y los aires acondicionados eran un verdadero lujo, así se vivía en aquel México de mis recuerdos. El pensar en recibir dinero por transferencia bancaria era casi un sueño, tardaba más de 20 días hábiles.

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Mi partida no fue sencilla debido a que tenía edad de servicio pero hubo siempre posibilidades de resolverlo con la anuencia del General en turno quien debería dispensar mi servicio militar y poder cruzar frontera para el estudio de otra lengua. No recuerdo el nombre del General a cargo pero su trato jamás lo olvidaré, sus palabras “el que te quieras ir no te exime de tus obligaciones como mexicano”, me hicieron sentir que no saldría de mi casa en ese año; al contrario, siempre pensé que mis obligaciones militares harían que me quedara hasta el año posterior.

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Debo confesar que el ejemplo y las palabras del mando militar aquella tarde, ayudaron a que pudiera vivir uno de los mejores años de mi vida diciendo -muchacho, no es tiempo que tu padre haga un sacrificio así de grande por ti pero si él lo desea, solo me resta desearte suerte y pedirte que lo aproveches ya que estas oportunidades se presentan solo una vez en la vida- mencionó.

Y como no hay plazo que no se llegue finalmente el día llegó, mi padre me dejó en manos de la familia Barnett y un nuevo capítulo comenzó a escribirse. Debo confesarle que el primer mes no fue nada sencillo, cuando uno cree que tiene bases del inglés como segunda lengua, que equivocados estamos, es desesperante no poder decir ni entender nada.

Pasó rápidamente el primer mes y el inglés comenzó a fluir sin tanto apuro siendo testigo de esto Eigi Takeazu, fiel compañero y amigo japonés. Gracias a esta amistad conocí lo mejor que la Ciudad del árbol del durazno podía ofrecer. Acudí al béisbol, vi a Valenzuela jugar contra los de casa, hubo basquetbol, conciertos y porque no confesarle, muchas parrandas atestiguaron esta amistad inolvidable.

Las pláticas de lo maravilloso que era Japón quedaron grabadas para siempre en mi cabeza, es muy difícil de expresar a la fecha como Eiji describía su hogar, la nación del sol naciente.

Actualmente y en proceso de este periplo que aún continúa, trataré de comentarle brevemente mis impresiones de un lugar que solo había visto en medios electrónicos y por supuesto en mis sueños.

Japón es un país donde el pasado alcanza al futuro y esto se puede ver desde sus antiguos templos hasta las maravillas tecnológicas que allí se encuentran, se observa también en el correr diario de los habitantes de esta nación y las mujeres vestidas de Geishas haciendo de su vida un arte milenario.

Hay muchas maneras de ver Tokio pero la mejor es aventurarse en sus calles para caminar y conocerlo. Es impresionante el orden, silencio y armonía que se vive en el día. ¿Se imagina una ciudad sin depósitos para basura? Pues esta lo es ya que no son necesarios, todos, absolutamente todos no ensucian su ciudad.

Es sorprendente estar en un lugar donde ante todo, el respeto a otros es prioritario. El ejemplo más claro se vive en el metro donde en pláticas los japoneses parecen decirse secretos, su saludo y despedida acompañados de una caravana hacen de esta rutina algo todavía más interesante.

En las zonas más concurridas y entre las oleadas de gente es imperdible el darse la oportunidad de escuchar música en las calles, el ayuntamiento de Tokio en algunas zonas pone música para sus transeúntes.

El caminar por sus parques nos hace ver la importancia de una tradición milenaria del cuidado de sus jardines. Sus casa de té en estos le obligan a refrescarse y saborear un delicioso té verde, puede ser frío o caliente y se acompaña por un dulce típico de allá. La amalgama de sabores entre lo amargo del té y lo dulce de su aperitivo hace de esta experiencia algo inolvidable.

Es de llamar la atención la coquetería de sus mujeres donde un simple detalle en arreglo personal hace resaltar de una manera muy especial su belleza. Son amantes de las marcas de diseñador y de la tecnología, detalle que hace más que interesante la experiencia.

Sin duda y con ojos cerrados volvería a vivir Japón nuevamente, desafortunadamente la distancia y lo económico hace que sea difícil regresar, pero siempre estará más vivo que nunca en mi mente.

Finalmente felicitar y agradecer a mi esposa por su compañía y cumpleaños. Lo mejor para ella en este día. Hasta la próxima.

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