

La selección Mexicana se despidió del Mundial tras el encuentro ante Inglaterra. | Foto: Cortesía.
Y es que México no perdió solamente un partido; perdió otra oportunidad de romper con su propia historia.
Hace unos días la pregunta recorría el país: ¿y si sí?. Después de una fase de grupos impecable y de dejar en el camino a Ecuador, México parecía convencernos de que esta vez la historia sería distinta. Pero apareció Inglaterra y, con ella, el viejo conocido de siempre: la realidad. Se peleó, se compitió, se ilusionó… pero al final se cayó donde casi siempre se cae. Cambió el camino, no el destino.
Y es que México no perdió solamente un partido; perdió otra oportunidad de romper con su propia historia. Otra vez el discurso fue bonito, otra vez el ambiente fue de esperanza, otra vez la gente se subió al barco creyendo que ahora sí venía algo grande. Pero cuando llegó la hora buena, cuando el partido pidió cabeza fría, oficio y contundencia, apareció esa costumbre nacional de quedarse a un paso. Mucha emoción, mucho corazón, pero poca capacidad para cerrar.
Curiosamente, esa misma sensación empieza a respirarse en la política zacatecana. Hay nuevos recorridos, nuevos discursos, nuevas fotografías, nuevos equipos y hasta nuevos abrazos entre quienes antes ni se saludaban. Todos parecen estar calentando en la banda, todos se sienten titulares y todos quieren convencer a la tribuna de que ahora sí traen proyecto. Pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿de verdad vamos hacia algo distinto o simplemente estamos tomando una ruta diferente para llegar al mismo lugar?
Porque una cosa es renovar la narrativa y otra muy distinta cambiar el marcador. En el fútbol, México puede cambiar de técnico, de uniforme, de estadio y hasta de generación, pero si en el momento decisivo vuelve a cometer los mismos errores, el resultado termina siendo el de siempre. En política pasa igual: pueden cambiar los nombres en la boleta, los colores en la propaganda y las frases en los espectaculares, pero si las prácticas son las mismas, la ciudadanía vuelve a quedar eliminada.
Ahí aparece también el famoso “¿y si sí?” zacatecano. Ese que algunos empiezan a murmurar en corto, como cuando una selección juega bien dos partidos y de pronto todos la ponen como candidata. Hay quienes ya ven a cierto perfil como ese caballo que viene de atrás, que no hace tanto ruido, que no necesita levantar la mano todos los días, pero que va sumando grupos, acercando sectores y acomodando piezas. No hace falta decir su nombre: en política, como en el fútbol, a veces basta ver quién está calentando para saber quién puede entrar al segundo tiempo.
Pero también ahí está el riesgo. Porque una cosa es que la gente diga “¿y si sí?” y otra muy distinta es que al final sí alcance. México también nos hizo creer. También parecía tener con qué. También llegó arropado por la ilusión. Y al final, cuando el rival apretó, se quedó corto. En Zacatecas puede pasar lo mismo: muchos pueden emocionar, muchos pueden parecer opción, muchos pueden vender esperanza, pero si no tienen estructura, estrategia y temple, terminan siendo otra historia bonita que no llegó a cuartos de final.
El fútbol enseñó que la ilusión no alcanza si los errores de siempre aparecen en el momento decisivo. La política tampoco se salva de esa regla. Mientras algunos ya celebran antes de tiempo y otros venden el “ahora sí”, el ciudadano termina viendo el mismo desenlace con distintos protagonistas. Como esa Selección que nos hace creer durante dos semanas para recordarnos, noventa minutos después, que romper inercias cuesta mucho más que hacer campañas.
Porque en México somos especialistas en ilusionarnos con poquito. Un gol, una encuesta, una foto llena, una reunión con empresarios, una comida con liderazgos, una gira por municipios, y de inmediato aparece el coro: “¿y si sí?”. Pero después viene el partido real, el territorio real, la estructura real, la operación real. Y ahí, como contra Inglaterra, se descubre quién estaba preparado para competir y quién solamente estaba viviendo de la emoción del momento.
En Zacatecas, la cancha ya se está moviendo. Algunos juegan a conservar la pelota, otros a esperar el error del rival, otros se sienten dueños del vestidor y otros, más discretos, están intentando construir desde abajo. Pero la afición —esa que no está en las ruedas de prensa ni en las mesas de negociación— ya aprendió a desconfiar. Porque muchas veces le han prometido final y apenas le han entregado repechaje.
Al final, México perdió con Inglaterra, pero la derrota dejó una pregunta más interesante que el resultado. ¿Qué pesa más: la costumbre de quedarse cerca o el miedo a cambiar de verdad? Porque si cada cuatro años repetimos el “¿y si sí?” en el fútbol y cada tres años hacemos exactamente lo mismo en política, entonces quizá el problema nunca fue el rival.
Quizá el problema es que nos acostumbramos a emocionarnos con procesos que terminan igual. A creer que por jugar bonito ya se ganó. A pensar que por juntar gente ya se gobierna. A suponer que por aparecer en la conversación ya se tiene destino.
Y así, entre una Selección que volvió a quedarse corta y una política zacatecana que ya empieza a calentar motores, la pregunta sigue botando en el área: ¿y si sí?
Pero cuidado, porque ya sabemos cómo termina muchas veces esa frase en México: mucho ruido, mucha esperanza, mucha camiseta puesta… y al final, no va.