

Se logró el registro del bebé, la paciencia es importante para realizar el trámite.
“La de los Recibos” sacó un llavero y por varios segundos quedó viéndolo. Parecía niña que, al ser fotografiada, mira con detenimiento a su rosario de primera comunión.
Por fin avanzó ella hacia un archivero y sacó cuatro o cinco recibos rosas. Enseguida los extendió a la otra malhumorada que me atendía.
“Usted: Vaya al edificio que está pasando la calle y pague en la planta baja. Luego viene para lo que sigue”.
(“Para lo que sigue”… caray. Como si existieran trámites en los rastros: “Vaca ocho: vaya al corral de enfrente para pagar su verificación de que es apta a ser degollada. Luego viene para…”.)
No tenía con quién dejar a mi bebé, quien acababa de despertar: así que, cargando bambineto y pañalera, tuve que sortear el reducido espacio entre las camionetas y coches estacionados frente a ese edificio carmín de la calle Rosas Moreno. Casi golpeo la cabeza de mi criatura contra un alto espejo lateral de una camioneta Ford.
De regreso, todavía con prisa, con exasperación, subí otra vez por las escaleras. Entregué recibo. “Bien. Ahorita le hablamos”.
Minutos después… Pásele. Dije el nombre y teclearon “Emmanuel”, con doble eme.
“Quiero el nombre en español, si no le molesta”, intervine. La tecleadora se me quedó viendo por dos segundos. “Con una sola eme”, rematé.
―¿Testigos?
―¿Mande?
―Que dónde están sus dos testigos― recalcó la cejona de copete chino, sacando el labio inferior.
Pedí permiso para salir un momento a la antesala. Apresuradamente, claro, porque estas señoras no mostraban ni atisbo de misericordia.
―¿Ustedes traen sus testigos?― pregunté a la primera pareja de jóvenes papás que encontré en la antesala, sin la intención de imitar a la burócrata desesperada.
―Te dije― soltó la muchacha a su joven marido.
Gracias a eso, pude pactar con ellos que fueran mis testigos. En contraparte, yo resolvería enseguida la mitad de su nuevo problema.
Entraron, dieron sus nombres; la desesperada tecleó todo. A la hora de imprimir, dijo “Chin” y pidió a su compañera de enfrente que mejor le prestara su computadora. “Ya ves que la mía de repente ni imprime ni guarda”.
Con más miedo que coraje, volví a dictar los datos. Tuve miedo porque ya iban a ser las nueve de la mañana y, si llegaba unos minutos tarde, tendría retardo y descuento de jornada laboral en la Universidad Politécnica de Zacatecas, donde entonces trabajaba como encargado de Comunicación Social (y donde estudiaba mi esposa).
El bebé Emanuel Quezada no lloraba ―gracias a Dios―: todo lo contrario. Desde el interior del bambineto inició coqueteo con la burócrata que había prestado su computadora, y aquélla comenzó a soltar “Mira qué ojos. Ay qué ojos. Son verdes, ¿verdad?”, y mi muchacho puras sonrisotas y puro brillo de los ojos, como hecho adrede.
Impresión, verificación de datos, carpeta amarilla para meter el nuevo documento. Ya estaba terminado mi proceso, pero tenía que permanecer para pagar ahora el compromiso que había hecho con mis desconocidos testigos y su bebé.
A las 9:19 de ese 9 de enero de 2007 salí con mi criatura en su bambineto azul bajito, con mi prisa miedosa, mi gesto acelerado y estrenando acta de nacimiento, un talón de CURP y una limpísima cartilla de vacunación.
Al poner pie en el horrible y enterregado estacionamiento de la Universidad Politécnica, vi en mi reloj 9:32 a.m. Continué por el pasillo, cargando bambineto y bebé, a todo vapor. La preciosa joven de Mexiquito estaba en su tercera clase. La vi por la ventana, era mejor no interrumpirla.
Subí escaleras cargando a mi recién registrado. Capoteando el coraje de algunas compañeras y compañeros de trabajo, porque entonces yo cuidaba a mi bebé en mi cubículo y durante algunas horas de trabajo (en lo que terminaban las clases de mi joven esposa), aterricé.
Ya sentado, encendiendo la computadora para pulir más la redacción del boletín que desde el día anterior preparaba, mi coraje que había nacido el viernes anterior, 5 de enero, continuaba dando lata: “Pondré una queja a ver dónde, a ver cómo, a ver con quién. Llamaré a la radiodifusora de los Torres Gallegos, la de los Bonilla, buscaré a los dirigentes del Sutsemop, condicionaré mi próximo voto para que mejoren el servicio de la burocracia”.
Ja. Mi yo más prudente se inclinó sobre mi oreja izquierda: tenía él una voz más ronca que en otras mañanas. “Date de santos de que pudiste registrar a tu bebé durante estas tres jornadas laborales, y no en seis o siete días hábiles”.