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28 de enero

28 de enero

Una artimaña “democrática”

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Simitrio Quezada.

Ante crecientes cuestionamientos de algunos grupos de militantes, el fundador del partido, presidente nacional del mismo en esos primeros años, se vio de pronto obligado a convocar a las primeras elecciones para renovar su cargo. Encorvado, recorría el pasillo buscando descansar las yemas de pulgares sobre sus índices.

En efecto —continuaba el pensamiento pendulario dentro de él—, podía como fundador y dirigente dar una imagen antidemocrática si no cedía ese primer espacio. El partido debía tener vida y, caray, cómo insistir en vida sin oxigenación. Por eso odiaba él a su conciencia: porque como paciente maestro de tahúres le mostraba las respuestas que su corazón se resistía ver.

“Qué diantres” —se dijo al detenerse—: buscaría en todo momento que el trance fuera terso, siempre controlado por él, y que las cosas cambiaran en la medida en que en el fondo continuaran igual (o mejor: con su partido encabezado por una dirigencia ataviada en buen disfraz). Sí, lo más conveniente era esa artimaña.

Con mesura y formas precisas, dio la instrucción desde su oficina y al poco tiempo se difundió lo necesario: que estaba llamando el caudillo a “las mejores mujeres y hombres del partido” a inscribirse en el proceso de renovación de la dirigencia. El gesto ensayado era el del prócer que, generoso, democrático, casi estadista, permite abrir la puerta: su puerta, la que él fabricó, dice el remachante cliché, con sus propias manos.

Mientras se insistía públicamente en que tenía derecho a participar en el proceso “cualquier militante”, las formas ocultas se aseguraban de llegar adonde debían para enfatizar que sólo podían aspirar “a entrarle” los integrantes de la camarilla más inmediata al líder (familiares e integrantes del primer y segundo círculos).

En realidad, se presentaba allí el nuevo problema. Quienes comenzaban a registrarse eran casi todos cofundadores, camaradas críticos. Sólo uno que otro alumno tomaba atrevimiento.

Acostumbrado a aprovechar cada circunstancia, pensó entonces el caudillo en afinar la artimaña “democrática”. La consigna que se planteó entonces, la que llevó hasta el final, fue que, para que no lo sucediera un zorro compañero, a toda costa debía hacer ganar a un aprendiz suyo. Torpe, estulto, qué más daba: con que fuera dócil bastaba.

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