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20 de septiembre

20 de septiembre

Tiempo para lo que merece tiempo

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Simitrio Quezada.

Ya he contado que a mis cinco años fui crítico con los Evangelios. Mi bronca no fue siempre con los autores, y a veces ni siquiera con el protagonista Yeshua Ben Yosef. La incomodidad era más bien a partir de las parábolas, que a veces me parecían muy absurdas.

A sus 25 años, mi madre batallaba cada noche con mi actitud. Pobre de ella, intentando con esas lecturas arrullar o ilustrar o amenizar a su varón mayor, y a cambio recibía estas preguntas:

¿Por qué premian a un hijo gastalón, parrandero y vago, y encima quitan la mitad de la mitad al amargado (pero leal) que sí quedó en la casa?

¿Por qué el patrón pagó de más a los que llegaron a trabajar con él en las últimas dos horas? ¿Por qué tiene que regañar y reclamar a quienes trabajaron desde los primeros minutos?

¿Por qué quitan la única moneda al tarugo que temió al patrón que regresaría? ¿Por qué dan al que ahora tiene diez monedas y no al que tiene seis?

Pasaron dos décadas para que comprendiera. Con todo, hace poco me persistía la incomprensión la historia de las hermanas Marta y María: la primera andaba por la casa dedicada al quehacer como Dominga, y la segunda se ponía plácida a los pies del rabí nazareno a disfrutar de la bohemia… Digo, la ponencia. Yeshua le dice a Marta que no esté jorobando, porque María escogió la mejor parte.

Está café, claro. Pero no tanto cuando llegas del trabajo a las seis de la tarde y traes trabajo adicional y terminas a las nueve de la noche y te sientes tan cansado que ahí vas a la cama otra vez para despertar a las cinco y media y vuelta a la vuelta… y no disfrutaste a tus hijos ni a tu pareja.

La clave es, entonces, dar tiempo a lo que merece tiempo. Ser como María y no como la neurótica Marta. O como dicen en Jalpa: el trabajo ahí se va a quedar todo el tiempo y tu familia no. O como decía también Yeshua: a los pobres los tendrán siempre con ustedes, pero a mí no.

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