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Humberto Meléndez Martínez.

Un reconocimiento a la maestra Anita Montoya Gaytán

 

Una simple caja de cartón colocada en el pórtico de la escuela, fue el vínculo permanente entre La Ticher  y sus más de trescientos alumnos, ante las medidas emergentes de higiene y salud, emitidas por las altas autoridades del país, para contener la proliferación del contagio de un virus que asoló a la humanidad entera en el último año.

La maestra estuvo siempre en contacto con sus directivos, pendiente de las noticias y, en cuanto se estableció la dinámica de trabajo a distancia, por dispositivos electrónicos, reanudó sus actividades docentes.

Sintió alegría al implementar la comunicación por redes sociales con la mayoría de los educandos y preocupación al verificar las limitaciones materiales de las familias.

Preservando el principio de la sana distancia hizo carteles para anunciar la forma de trabajo escolar. Los pegó en las paredes de la tortillería, las tiendas, cerco perimetral del plantel y áreas de tránsito peatonal de la comunidad, pidiendo correr la voz entre la familia y vecinos.

Por ese medio informó la dinámica de trabajo basada en El buzón. Los discípulos debían realizar los ejercicios en casa, en hojas debidamente identificadas con nombre, grado y grupo; colocarlas en aquella caja, la cual vaciaría la maestra, a determinada hora del día.

El reto era grande para ella y para todo el profesorado. Necesariamente implicaría esfuerzos inéditos, ante el incipiente desarrollo de habilidades digitales y la indefensión de sus pupilos por las acentuadas dificultades económicas, colocados circunstancialmente en una situación de mayor vulnerabilidad.

La edición de cuadernillos con los contenidos mínimos de los programas, vino a contribuir favorablemente en aquella parte del estudiantado que carecía de teléfono, computadora y red de internet.

La bicicleta que ocupaba ordinariamente para asistir al trabajo (amigable con el planeta evitando la emisión de contaminantes de su automóvil), cambió de ruta y pedaleando por kilómetros, a diario visitaba a los estudiantes en sus hogares para entregar materiales.

Ella pasaba a la escuela en determinado horario, a recoger los ejercicios planteados, para registrar la participación de los muchachos, dando vigencia a la Educación Formal y el cumplimiento en la profesión. El aislamiento y encierro eran desesperantes; con estas acciones llegó el anhelado retorno a clases en un formato desconocido, pero amigable y alentador.

Volver a ver la letra de sus pupilos le generó sensaciones de identidad comunitaria, motivación para continuar en la función y esperanza de seguir en la formación de las generaciones a su cargo.

Un sentimiento de solidaridad permeó en los trabajadores de la escuela, cuando se les convocó a asistir presencialmente para atender a los estudiantes en condición de rezago, de inmediato pusieron manos a la obra.

Una comunidad educativa puede mantenerse activa, en posición de mejora y prestigio, al contar con liderazgos de directivos, en la academia y la conformación de un equipo de trabajo armonizado, donde la calidad profesional y el talento individual de sus integrantes son imprescindibles.

 

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