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Para imponer honradez, ¿ser corrupto?

Para imponer honradez, ¿ser corrupto?

Simitrio Quezada

   |  18 febrero, 2021

Simitrio Quezada.

La anécdota puede parecer ficticia y sin embargo se antoja real: un joven estudiante de Derecho advierte, tras su ingreso a la universidad, que en su Facultad dominan trampas, simulaciones, componendas, favoritismos, manipulaciones, corrupción que sostiene al sistema en que vive: desde el rector de su universidad hasta la comunidad de conserjes que lo rodean.

Declarándose enemigo de la deshonestidad, el joven busca depurar su entorno y por eso comparte su inquietud con un profesor: él le dice que para acabar con los vicios se debe tener una posición de poder, y el primer paso es conseguir un valor social que le permita un reconocimiento de liderazgo. Concretamente para ese momento, debe lograr destacar entre los demás alumnos de primer semestre.

Profesor y alumno trazan una estrategia para que éste se acerque a compañeros de semestres avanzados y logre la postulación como vocal de la Sociedad de Alumnos de la Facultad de Derecho. En plena contienda se le acercarán otros para proponerle cambios de planilla, declinaciones de facto y las consecuentes negociaciones de espacios e intercambios de favores… Comienzan a asomar en el escenario las componendas, las simulaciones, las mañas.

En un primer momento el joven mantendrá su idealismo. Ante ello su tutor lo conminará a que acepte gradualmente las propuestas en aras de un mejor futuro: la paradoja y conclusión es que, para llegar a una posición de poder en la que pueda imponer honestidad, el aspirante debe asumir las mismas pequeñas corrupciones que continuará mencionando como sus enemigas. Inicia entonces lo que muchos llamarán después una trayectoria política.

Mentir, robar, traicionar, inflar precios, cobrar moches, montar pequeños y grandes negocios desde el poder, buscar privilegios y palancas para acercar ventajas a uno y sus parientes y amantes y compadres… todos son vicios muy acendrados no en uno o varios partidos políticos, sino en cualquier posición que implique aunque sea una pizca de poder. Como ex ministro de Turismo en Panamá, Rubén Blades decía que es falso que el poder te vuelva mala persona: tú ya eras mala persona y el poder te permitió más evidencia y más manga ancha en los actos corruptos que puedes cometer.

No es ley general, claro: ser una excepción depende de ti.

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