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25 de octubre

25 de octubre

Oligarquía o neoliberalismo

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Antonio Sánchez González.

El uso de las palabras influye en el debate. El término “paraíso fiscal”, por ejemplo, se compone de la palabra “paraíso”, que es una noción positiva. Además, lo opuesto al paraíso es la palabra “infierno”. Esto significa, de facto, que lo que no es un paraíso fiscal sería un infierno. Por lo tanto, el campo de los buenos estaría más del lado de los paraísos que los países con impuestos clásicos, los que constituyen más del 95% de la población mundial. Esta distorsión de los términos acaba socavando la lucha contra los excesos de los llamados paraísos fiscales.

Con la palabra “neoliberalismo” nos encontramos con el mismo problema. Esta expresión surgió tras la gran crisis de 2009 como el nombre de la ideología dominante. Este término desafortunadamente concentra presuposiciones. El neoliberalismo sería nuevo (una noción bastante positiva) y sería relativo al liberalismo, que siempre atrae apoyo porque permanece asociado a las libertades, ya sean individuales, legales o democráticas. Pero el sistema que se está poniendo en la palestra no es nada nuevo, y no es tan liberal. Además, este término refiere a los que critican el neoliberalismo a los iliberales que son un poco arcaicos. Esto distorsiona el debate e impide una discusión estructurada.

Por lo anterior, todos aquellos que denuncian el progreso económico de las últimas décadas no consiguen estructurar el debate de forma neutral y siguen utilizando palabras que desacreditan sus opiniones.

Por lo tanto, hay quien ha propuesto términos alternativos. El “paraíso fiscal” es en realidad un “parásito fiscal”. En la naturaleza, los parásitos son a menudo microorganismos que sobreviven aferrándose a otros más grandes, chupando sangre de ellos. Los parásitos fiscales operan de la misma manera: son países que ponen tasas impositivas extremadamente bajas y, debido a la libre circulación de capitales, maman recursos fiscales de países grandes.

La forma en que Irlanda se beneficia a través de esquemas similares es un ejemplo perfecto de parasitismo fiscal. Como muestra, algunas empresas con domicilio fiscal en Irlanda consiguen facturar en Irlanda más del 90% de lo que venden, por ejemplo, en Francia. En otras palabras, un país se alimenta del valor creado en otro país.

En nuestro país, escuchamos otros elementos de neoliberalismo puro, como el antes descrito, envueltos en la piel del cordero liberal. Un elemento esencial del neoliberalismo contemporáneo es el funcionamiento de las empresas energéticas y las digitales, algunas de las cuales venden con pérdidas y no cosechan ganancias. Estas empresas quieren adquirir una posición dominante. Todos ellos tienen como modelo el ejemplo de Microsoft que tiene el sistema operativo por defecto de las computadoras personales y que ha creado la hoja de cálculo y el procesador de textos dominantes en el mercado. Hoy en día, las empresas de la generación de Microsoft están obteniendo enormes ganancias.

Para otras compañías, como se ha pretendido con las energéticas paraestatales mexicanas, el objetivo es el mismo, pero con fines subyacentes que pueden ser más importantes. Por lo tanto, sus juntas directivas acuerdan financiar pérdidas a veces colosales para erradicar toda competencia. Al proyectar el valor que este oligopolio puede tener a largo plazo -valor del tipo que se busca, están dispuestos a financiarlo con pérdidas durante años, porque una vez que la competencia es aplastada, estas empresas pueden llegar a ser inmensamente rentables y su valor, en términos de la ganancia que se busque, económica o política, puede llegar a ser enorme.

Estos comportamientos no son en absoluto liberales porque son contrarios a la competencia. Resultan en estructuras oligopólicas o incluso monopólicas específicas del neoliberalismo. Como otro ejemplo, para conquistar el mercado, Uber impone precios bajos a los conductores, provocando un deterioro general de la profesión. Al final, la transición de los taxis a Uber no habrá bajado los precios y habrá hecho más precaria toda una profesión. Ejemplos como este hay muchos.

Finalmente, hablando de formas de enfrentar crisis económicas, la respuesta de los gobiernos del mundo a la crisis de 2020 es mucho más audaz que la de 2008. Entonces, en los Estados Unidos, Obama, un demócrata acusado por sus adversarios de socialista, había olvidado por completo a las clases trabajadoras. Los había abandonado y muchos habían perdido sus hogares. Trump, un neoliberal de acuerdo con los demócratas, aceptó dar dinero en efectivo directamente a la población, lo que tuvo un efecto redistributivo real con la pretendida intención de proteger el poder adquisitivo de las clases trabajadoras: arreglos parciales bastante limitados que se hacen en tiempos de crisis, pero que al final no cambian ninguna tendencia económica.

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