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Más vida o economía

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Antonio Sánchez González.

Epidemiólogos y economistas del think-tank francés Génération Libre publicaron el martes, en las páginas de Le Figaro, las conclusiones de un estudio que describe los efectos (todos) de las restricciones promulgadas en Francia desde hace más de un año a raíz de la epidemia de COVID-19. El objetivo del estudio, que está en evolución, es estimar y comparar todas las consecuencias de los sucesivos confinamientos deshaciéndose de la miopía cortoplacista, que omite las secuelas y los profundos cambios generados por esta mengua sin precedentes de la vida económica y social que el mundo sufre por el coronavirus.

El estudio traduce estos efectos en una sola variable, el número de años de vida, ya sean los que se logró salvar (por una disminución de los contagios y las infecciones) o por el contrario, los años perdidos (por el empobrecimiento de una parte de la población como resultado de la crisis económica). El modelo estima que el manejo que hizo Francia de la crisis generó medio millón de años de vida ganados por cada 1.2 millones de años de vida perdidos. Los salvados se calculan de acuerdo con un modelo desarrollado por el epidemiólogo Henri Leleu, que ha hecho proyecciones de la circulación del virus en ausencia de restricciones (pero teniendo en cuenta la adaptación del comportamiento de los individuos, ya que la población habría tomado precauciones por sí misma). Se calcula el número de muertes por diferencia, y se multiplica la esperanza de vida promedio de los que habrían muerto. En el otro lado de la escala, el cálculo de esta vez tiene en cuenta la pérdida de esperanza de vida debido al empobrecimiento de una parte de la población, basándose en las cifras del Instituto Francés de Estadística y Estudios Económicos: una cuarta parte de los franceses dijo que su situación financiera se deterioró después del confinamiento (y esta proporción es aún mayor ya que los ingresos de los hogares al inicio de las cuarentenas dictadas para responder a la epidemia ya eran bajos: la crisis debilitó aún más a los franceses que ya estaban cerca de la pobreza).

El resultado puede discutirse tanto como uno quiera, pero el diseño de las políticas públicas dictadas para enfrentar  la epidemia siempre tuvo como elemento fundamental conciliar el comportamiento de la economía y de la salud. La esperanza de vida de un individuo es una función directa de su nivel de ingresos, este es un hecho que los economistas conocen desde hace mucho tiempo: el primero determina el segundo o, para decirlo más trivialmente, al nacer la gente pobre debe esperar vivir menos años. Por supuesto, el análisis tiene sus defectos: en el estudio la crisis económica y el empobrecimiento que genera se consideran puramente endógenos cuando son en buena medida el resultado de parámetros globales. La caída del Producto Interno Bruto y la pérdida de vidas son también fenómenos globales con frecuencia casi idénticos en los países que tuvieron políticas menos restrictivas como el nuestro.

En términos más generales, este estudio también plantea la interrogante de la fiabilidad de los modelos epidemiológicos. El pasado mes de febrero, basándose en sus cálculos científicos, el Instituto Pasteur predijo que, a falta de cuarentena, Francia se vería obligada a hospitalizar a 20 mil pacientes diarios a finales de mes y a 30 mil a mediados de marzo. Resulta que en ese período los franceses no estaban confinados y tuvieron menos de 10 mil hospitalizaciones a finales de febrero y “sólo” 2 mil más en las siguientes semanas. Sin embargo, el estudio era serio: el modelado tenía en cuenta diferentes escenarios posibles dependiendo del progreso de la campaña de vacunación, utilizando los datos disponibles más frescos sobre la transmisión de variantes y su prevalencia. Los autores fueron cuidadosos al señalar en el preámbulo del informe que si bien estos escenarios se predicen a partir de modelos trabajados “a toda prisa” y “sobre la base de datos incompletos y suposiciones inciertas”, el hecho es que este virus se nos escapa una y otra vez y que los diversos intentos de predicción no han sido todos concluyentes ni absolutamente fiables.

Gobernar es prever, dijo Girardin, quien no dijo que “gobernar es predecir”. Y aunque no basta con juzgar la pertinencia de las restricciones adoptadas, este modelo predictivo ofrece una evaluación retrospectiva legible y relativamente completa. Que, al final, la decisión sólo puede ser un acto político no debería conducir a descuidar la importancia de un verdadero esfuerzo de evaluación de las políticas públicas, que dé lugar a la confrontación de ideas. Idealmente, esta costumbre debería ser moda: debería ser un hábito en todo el mundo el de que se evalúe la acción pública.

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