

Zaira Ivonne Villagrana Escareño.
Porque hablar del Día de las Madres no siempre es hablar de desayunos, abrazos y momentos perfectos. A veces también es hablar de ausencias, de cansancio, de miedo.
Zaira Ivonne Villagrana Escareño
Mayo suele llenarse de flores, fotografías familiares y mensajes sobre el amor incondicional de las madres. Las calles se pintan de celebración y las redes sociales de recuerdos felices. Sin embargo, detrás de cada felicitación también existen historias que pocas veces nos detenemos a mirar.
Porque hablar del Día de las Madres no siempre es hablar de desayunos, abrazos y momentos perfectos. A veces también es hablar de ausencias, de cansancio, de miedo, de mujeres que sostienen la vida mientras por dentro se están rompiendo.
Mientras muchos celebran, hay madres buscando a sus hijos desaparecidos.
Madres esperando una llamada que nunca llega.
Madres enfrentando una enfermedad sin recursos suficientes.
Madres que trabajan doble turno para que en casa no falte un plato de comida.
Madres que viven violencia y aun así intentan que sus hijos no pierdan la esperanza.
Hay mamás que este 10 de mayo no tendrán ánimo para festejar.
Y eso también merece ser visto.
Durante años nos enseñaron que las madres podían con todo. Que eran fuertes por naturaleza, que resistían cualquier dolor y que siempre encontraban la manera de salir adelante. Pero pocas veces nos preguntamos cuánto les ha costado sobrevivir en un país donde la desigualdad pesa más sobre las mujeres, donde muchas crían solas, donde la violencia toca hogares todos los días y donde miles viven con la angustia permanente de no saber dónde están sus hijas e hijos.
¿Cómo se celebra la maternidad cuando hay una silla vacía en la mesa?
¿Cómo se festeja cuando el corazón vive en incertidumbre?
¿Cómo sonríe una madre que ha tenido que aprender a vivir entre el dolor y la resistencia?
Quizá este Día de las Madres también tendría que invitarnos a reflexionar.
A dejar de romantizar el sacrificio silencioso de las mujeres.
A entender que ninguna madre debería cargar sola con el peso emocional, económico y social de una familia.
A mirar con más sensibilidad las heridas que muchas esconden detrás de una sonrisa.
Porque ser madre no debería significar renunciar a la tranquilidad, a la salud mental ni a la propia vida.
Hoy quiero abrazar desde estas palabras a las madres que están cansadas.
A las que lloran en silencio.
A las que siguen buscando.
A las que cuidan a alguien enfermo.
A las que sostienen a sus hijos aun cuando sienten que ya no tienen fuerzas.
También ellas merecen ser celebradas.
No por aguantarlo todo…
sino por la enorme valentía de seguir amando en medio de tanto dolor.
Y tal vez el mejor homenaje que podemos hacerles no sea un regalo, sino construir un estado donde ninguna madre tenga que vivir con miedo.