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24 de septiembre

24 de septiembre
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Huberto Meléndez Martínez.

“Te juro que no lo robé, mamá, de veras, me encontré el billete cuando salí de la escuela”. Decía aquel niño entre sollozo e impulso por defender su verdad, ante el airado reclamo de su madre. Ella, haciendo un cambio de sábanas a la cama donde dormían él y otros tres de los hijos menores de la familia, debajo del colchón, entre los resortes del spring, había un conjunto de monedas que Toño había escondido semanas antes.

La vida lo puso circunstancialmente en el penúltimo lugar de trece hermanos. La relación con los mayores permitió desarrollar cierto despertar de conciencia, pues pese a su corta edad advertía los esfuerzos de sus padres, que estaban al límite del sacrificio para procurar el sustento familiar.

Por aquel atisbo de madurez un poco superior a la de varios de los mayores, contuvo el impulso de reclamar atenciones específicas, por ejemplo: a la hora de tomar los alimentos jamás se acercaba a la mesa, para pedir su ración de comida. Prefería esperar al final para consumir los residuos de los platos. Desafortunadamente a veces no quedaba algo para mitigar el apetito.

A una mamá nunca se le engaña. Conociendo el buen comer de sus demás hijos, sospechando que el menú del día sería insuficiente, resguardaba un poco para él. En efecto, ella era tan organizada como la mayoría de las progenitoras: siempre tienen “un guardadito”.

Acostumbraba ir con sus amigos a jugar a una alberca que había en las instalaciones de un hospital. En realidad el sitio lo frecuentaban porque la cocinera les compartía alimentos.

En cierta ocasión logró ver un billete en el suelo. El personaje histórico del país, con barba larga parecía estarlo viendo de forma acusadora… En fracciones de segundo se acumularon en su cerebro varias encrucijadas. ¿Lo recogería? ¿El dueño estaría cerca? ¿Debía dejarlo en el mismo lugar?, ¿Quién lo estaría viendo? ¿Sería una trampa? Imaginó que podría comprar muchas cosas y, entre miedo, angustia, nerviosismo e incertidumbre lo recogió y ocultó.

No consiguió concentrarse en el juego. Rumbo a casa llegó a una tienda a cambiar por monedas. Tuvo que utilizar las dos manos para contenerlas.

Durante varios días creyó aligerar el consumo de alimentos en la casa, porque diariamente tomaba una moneda e iba a comprar una suculenta torta de jamón, hasta que su madre hizo el hallazgo del escondite. Reprimenda de por medio, tomó el resto para usarlo en los gastos de la casa

El pequeño tuvo presente esa posibilidad de entregar el dinero, pero también consideró que al degustar aquella apetitosa torta, la familia ahorraría en una boca menos y él podía satisfacer un sueño añorado porque pocas veces había presupuesto para eso.

Los niños tienen una lógica de pensamiento que los adultos necesitan saber y sólo puede lograrse teniendo conversaciones con ellos, en vez de asumirse como conocedores, expertos o depositarios absolutos de la sabiduría.

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